Hace ya muchos años, en marzo de 1996, las elecciones generales dieron un resultado complicado de gestionar (aunque después de lo ocurrido en 2016 cualquier complicación parece asunto menor). Felipe González perdió después de catorce años en el poder, pero José María Aznar ganó con tan escasa distancia que alcanzar la Moncloa fue para él un ejercicio de contorsionismo político inédito hasta la fecha. Aun así, lo consiguió con el apoyo condicionado de Jordi Pujol.

Rajoy tiene un objetivo: durar; durar lo más posible en el poder

Cuando por fin fue investido, uno de sus colaboradores más directos nos dijo a los periodistas que el primer objetivo de Aznar a partir de entonces era durar; durar lo más posible en el poder; navegar a través de la legislatura tratando de que la singladura se alargase en el tiempo. Estaba obligado a negociar. De hecho, tenía que convertir su vida en una negociación continua. Lo hizo. Y duró. Duró los cuatro años que debe durar una legislatura. Y, después, ganó por mayoría absoluta el derecho a gobernar otros cuatro años. Pero entonces se acabaron las negociaciones. La vida fue distinta. Y el final de aquella historia ya se conoce.

Ahora, después de casi un año como presidente en funciones, de haber perdido uno de cada tres votos, y de haber alcanzado la investidura en el último penalti de la tanda, Rajoy tiene un objetivo: durar; durar lo más posible en el poder; navegar, como Aznar, a través de la legislatura tratando de que la singladura se alargue en el tiempo. Y, para conseguirlo tiene que negociar. Y pactar. Y comerse su orgullo después de masticarlo. Y lo está haciendo.

Ya ha ganado tres elecciones y se niega a aceptar que su mandato deba ser limitado por ley

Engulló su orgullo para alcanzar el pacto de investidura con Ciudadanos. Lo ha hecho con los socialistas en las cláusulas suelo. Lo está haciendo con los Presupuestos con el PSOE y con el PNV. Ha repetido el ejercicio, y de manera aún más llamativa, para permitir que su ministra de Defensa pida perdón a las víctimas del Yak 42. Ha ejercido de hombre bueno hasta ganarse la confianza de los presidentes autonómicos (salvando al catalán y al vasco) para enfilar la financiación autonómica… Rajoy lo negocia todo, lo cede casi todo, y lo asume casi casi todo. Es un hombre nuevo. El revolcón electoral le ha cambiado.

Hace un año por estas fechas, era un político que estaba a punto de pasar a la historia como el primer presidente que solo conseguía estar en Moncloa durante un mandato (Calvo Sotelo estuvo menos de dos años, pero él no ganó el poder en las urnas, sino que sucedió a Suárez y, por tanto, no cuenta en esta clasificación). Hoy, superado ese riesgo, ya ha ganado tres elecciones (de mejor o peor manera), y se niega a aceptar que su mandato deba ser limitado por ley. Rajoy quiere durar. Y las diferencias internas en sus partidos rivales le facilitan ese propósito.