Yo tenía un tío carnal que, desde su juventud y hasta su muerte (ya octogenario largo) vivió siempre ingresado en hospitales psiquiátricos, primero en Mondragón y luego en Oña. Era un hombre silencioso, de mirada huidiza. Cuando íbamos a visitarle y le sacábamos de paseo por el pueblo, al cabo de un rato se impacientaba y pedía que le lleváramos a casa.

—¿Cuál es tu casa? —le preguntaba mi madre.
—El psiquiátrico —respondía invariable.

En mi familia nunca usábamos ciertas palabras como "loco" o "manicomio". Nos resultaban, sobre todo a mi madre, muy dolorosas. Ella decía "enfermo mental" y "hospital psiquiátrico", términos más esperanzadores porque de las enfermedades y de los hospitales se puede salir con la salud recuperada.

La poeta italiana Alda Merini (1931-2009), sin embargo, no utilizaba ninguna clase de eufemismos para describir sus desequilibrios y las terribles experiencias (electrochoques incluidos) que sufrió durante casi toda su vida en varias instituciones psiquiátricas. Ella consideraba que el verdadero manicomio (usa esta palabra) era el mundo entero y tituló uno de sus poemarios La loca de la puerta de al lado (La pazza della porta accanto, 1995; que yo sepa, no se ha traducido al español).

Periódicamente sufría crisis mentales, tenía que abandonar a su familia (tuvo cuatro hijas, algunas de las cuales se criaron lejos de su perturbada madre) y la internaban en una clínica. A la llamada "Villa Fiorita" dedicó su libro La Tierra Santa (Pre-Textos, 2002, traducción de Jennette L. Clariond), de encendido tono religioso y sexual.

Los libros de Alda Merini llegan a las librerías españolas en silencio, sin ninguna publicidad. Uno se los encuentra por sorpresa en las estanterías y en las mesas de novedades de las buenas librerías, humildes, casi escondidos. A mí todas las obras de Alda Merini me sorprenden, me llenan de alegría y a la vez me hieren. Sospecho, además, que sus lectores (y sus editores) también estamos un poco locos y por eso la amamos tanto.

Sospecho que sus lectores (y sus editores) también estamos un poco locos

El último libro que he descubierto es La vida fácil (Trama, 2017; traducción de Chiara Giordano y Javier Echalecu). Se trata de un diccionario personal en el que recopila breves y libérrimos ensayos inspirados en objetos cotidianos (como las llaves, el pan, las sábanas o el sujetador) y en diversas vivencias o conceptos (los ángeles, el engaño, la oscuridad). En el original italiano este prontuario íntimo va de "adulterio" a "vecchiaia" (vejez); en español, lógicamente, el orden alfabético ha dado un resultado distinto y la última entrada es "zapatos". Cada uno de estos articulitos es una suerte de monólogo en primera persona, de manera que no sorprende una nota final de la autora en la que declara la intención dramática del texto: una buena actriz podría hacer una adaptación maravillosa.

La vida fácil es un libro confesional y cuenta una vida que no fue precisamente fácil, pero —como sucede frecuentemente con Merini— es también una obra vitalista, llena de poesía y de originalidad, en la que apenas hay lugar para la queja o el reproche. A veces sus páginas se inflaman de un amor carnal arrasador; en otras (y con la misma intensidad) lo religioso está muy presente: habla con Dios (y con la muerte) de tú a tú y sostiene que los pecadores son los mayores enamorados de Dios porque sienten la alegría de su perdón. También le da gracias porque, pese a que ya no le rece, no la priva de soñar cada noche. Su tono es el de una profetisa o una mujer iluminada (y luminosa), llena de piedad y de ardor.

Alda Merini también habla de su vida cotidiana, de algunas poetas a las que admira (Maria Corti, Amelia Rosselli) y de otros amigos, amantes y escritores (que a veces fueron las tres cosas a la vez, como Giorgio Manganelli o Salvatore Quasimodo).

Es un libro breve pero inagotable, intenso, misterioso, sensual y lleno de belleza.