Pueden caer sobre Pedro Sánchez todos los males de la economía, del procés catalán y hasta llegarle (y pagar) la factura del favor que le ha hecho el PNV. Pero, si lo maneja bien, el panorama que afronta Sánchez –si los números de la moción de censura no cambian– no tiene por qué ser letal.

Tiene entre seis meses y dos años para convocar elecciones. Es un periodo lo suficientemente corto como para proponer decisiones impactantes (salarios, pensiones, igualdad, RTVE, regeneración democrática) sin tener apenas que desarrollarlas. También es un tiempo aceptable como para mantener ante sus votantes el argumento de que los problemas son todos de la herencia recibida.

Y a la vez, este periodo hasta las elecciones es lo suficientemente largo como para explotar la imagen de presidente y distanciarse de Iglesias y Rivera. El desafío catalán le va a perseguir, como a Rajoy. Torra es un presidente al que él mismo ha comparado con Le Pen. Y cualquier gesto podrá verse como una cesión al independentismo. Pero tiene una ventaja respecto a Rajoy. Los separatistas han adoptado la apariencia de legalidad en la última semana de gobierno del PP y el 155 decae justo ahora. Sánchez deberá lidiar con Torra en pleno proceso judicial, pero sin el actual 155.

Además, si el Senado no lo impide, llegará a la Moncloa con el presupuesto de 2018. Y con las cuentas aprobadas, tendrá barra económica libre hasta la próxima cita electoral.