Habrá quien crea que el protagonista de este jueves fue Oriol Junqueras, en su épico y retórico mitin político ante el Supremo. Su desparrame físico y verbal será, de hecho, lo que ocupe las portadas de los periódicos de esta jornada histórica para España, una más, por ser la que conocerá la convocatoria de próximas elecciones generales.

El candidato de ERC a los comicios europeos y líder de la formación corresponsable del final de la legislatura de Pedro Sánchez, se presentó como el mesías del independentismo, dispuesto a sacrificar su propia defensa en aras de la causa, de una tierra prometida que difícilmente podría él pisar desde prisión.

Su decisión de no someterse a las preguntas del fiscal fue, en términos procesales, sencillamente suicida, y el diálogo mantenido con su abogado se pareció más a un baile de salón destinado a un tribunal de garantías como el de Estrasburgo, que a un interrogatorio al uso ante la cúpula de la justicia penal.

A su lado, y en absoluto contraste con el exvicepresidente de la Generalitat, el exconseller de Interior se lo curró a fondo. Consciente de los 16 años de condena que se juega en este Palacio de las Salesas -nueve menos que Junqueras-, Joaquim Forn no solo se sometió a las cansinas preguntas de la acusación pública sino al minucioso trabajo técnico de su propio letrado, Javier Melero.

Sus tres horas largas de declaración, su conocimiento del sumario, la contención del tono de sus respuestas y su disciplinada estrategia, fundamentalmente encaminada a negar eficacia jurídica a la declaración de independencia y a culpar de todos los males del 1-0 al Ministerio del Interior, le hicieron también merecedores de un papel protagonista.

Sin embargo, ni Junqueras ni Forn pudieron eclipsar el descubrimiento de un personaje nuevo; conocido, sí, pero nuevo para quienes se asoman por vez primera a la seria liturgia de una vista.

Y es que el Marchena que este jueves emergió en las pantallas de máxima audiencia se parecía poco al presidente de un Parlamento o al moderador de una tertulia. El exfiscal, magistrado presidente de la Sala II y ponente de la causa del procés, dio a conocerse como un hombre... con autoridad.

Ni se cortó en interrumpir al fiscal por la reiteración o digresión de sus preguntas a Forn; ni se ahorró advertir a la acusación popular de Vox que no aceptará interrogatorios ideológicos sino fácticos; ni tuvo empacho en acallar firmemente la protesta de las defensas -"por supuesto" registrada en actas- por la inadmisión de algunas de las pruebas solicitadas.

"Seamos serios", le dijo al letrado de Rull, Turull y Sánchez tras comunicar la decisión de la Sala de no citar al huido Puigdemont: "No se puede venir por la mañana de acusado y por la tarde de testigo; esto es inviable, es conceptualmente imposible en nuestro proceso penal". Puño de hierro en guante de seda, dardos envenenados en léxico y cortesía procesal... ¿No era un relator lo que se pedía? Pues he aquí al 'relator'... de la ley. Una figura histórica, curiosamente inventada en el Derecho español en tiempos de los Reyes Católicos, para asegurar la corrección legal, la integridad y la independencia del procedimiento.