Se trata del cuarto movimiento de la novena y última sinfonía completa de Ludwig van Beethoven. Un final coral conocido como Oda a la alegría que se ha conformado como un símbolo de tolerancia y libertad. La versión realizada en 1972 por Herbert Von Karajan fue convertida en himno de la Unión Europea.

El pasado 2 de julio el Parlamento Europeo elegido en los comicios del 26 de mayo arrancaba su novena legislatura con la interpretación solemne del Himno de la alegría, al que los eurodiputados del partido del brexit se permitían el lujo de dar la espalda. A la cabeza de los hooligans británicos estaba el eurófobo y populista Nigel Farage, quien ya en el 2014 –junto a Marine Le Pen– dio la espalda a la Filarmónica de Estrasburgo mientras interpretaba esa obra considerada por la Unesco herencia espiritual de la humanidad.

No hay constancia de que los amigos de Farage ni él mismo hayan dado la espalda a la onerosa nómina que cobran como eurodiputados, a pesar de que allí no realizan ya trabajo alguno y solo hacen que sembrar cizaña. Su propósito es mantener y exacerbar su insultante coreografía eurófoba aplicando la vieja máxima de «para lo que nos queda en el convento...».

Así será durante los tres meses largos que restan para el 31 de octubre, fecha en la que –según el ya poco fiable calendario del brexit–, los 73 parlamentarios británicos tendrán que abandonar la Eurocámara. No estarán solos en la tarea de corroer y debilitar cuanto puedan las instituciones comunitarias. A pesar de que los partidos eurófobos y de extrema derecha quedaron muy por debajo de sus expectativas en las pasadas elecciones, no pudiendo formar grupo parlamentario ni tener capacidad de bloqueo, sumaron medio centenar de escaños más que en 2014, lo que les otorga unas posibilidades de hacer ruido nada despreciables.

Estamos ante un heterogéneo magma político formado por extremistas de distinto pelaje unidos por el miedo a perder el bienestar que, en gran medida, les ha proporcionado la unidad de Europa que tanto denostan. Nacionalistas y populistas de distinta procedencia, credo y calaña unidos por el deseo de abandonar el euro, levantar muros a la inmigración y revertir a los Estados las competencias cedidas a la UE. Volver a la vieja y empequeñecida Europa de los mosaicos nacionales cuando se requiere más unidad y fortaleza que nunca para afrontar los retos de la economía global.

Frenar la cabalgada de este vector adverso para la Europa grande, competitiva y con ambición de modernidad es el gran reto que tiene por delante Ursula von der Leyen, que el pasado martes se ganó el voto y el respeto de una gran parte del Parlamento Europeo reunido en Estrasburgo. La suya fue una  intervención enérgica, apasionada y comprometida con lo social, la igualdad de género y el respeto al medioambiente. El apoyo logrado de conservadores, socialdemócratas, liberales e incluso de los verdes es un magnífico punto de partida para recomponer la unidad interna y evitar la debilidad de la UE que los bloques rivales tanto desean. «Larga vida a Europa» clamó en un vibrante alemán la nueva presidenta de la Comisión al término de su discurso. Toda una «oda a la alegría» a la que es difícil dar la espalda.