El acuerdo sobre la idoneidad de la dieta mediterránea es casi unánime. Crece incluso entre los nutricionistas la convicción sobre sus efectos salutíferos, a pesar de lo cual los españoles nos alejamos poco a poco de su práctica empujados por la dificultad de compatibilizarla con los nuevos estilos de vida.

En los fundamentos de tan prestigiosa dieta está el consumo abundante de alimentos de origen vegetal y de pescados, dos materias primas de las que España es productora de primer orden en cantidad y calidad. Puede que no haya un país en el mundo capaz de presentar en sus mercados y centros comerciales una oferta tan amplia y económicamente accesible de productos frescos como el nuestro y, sin embargo, no siempre podemos aprovechar tal privilegio ni sacarle el partido que merece. La marcha del día a día complica sobremanera el consumo de alimentos marcadamente perecederos, por lo que, lenta pero inexorablemente, van perdiendo protagonismo en nuestras neveras.

Algunos consumidores, conscientes de lo que esa pérdida supone para el organismo, nos esforzamos en que no ocurra y mantenemos la disciplina de comprar frutas y verduras con la esperanza de consumirlas antes de que se pudran o marchiten en el frigorífico. No es un esfuerzo menor, porque al final tiramos a la basura, según los expertos, el 20 por ciento de los productos verdes que adquirimos, lo que supone la friolera de millón y medio de toneladas al año de alimentos desperdiciados. Un dato escandaloso en términos éticos y de sostenibilidad cuya reducción requiere estrategias de planificación que resultan complicadas de trazar.

Se vive muy deprisa y, en consecuencia, se compra muy deprisa también, por lo que solemos acudir al súper sin una idea preconcebida de lo que necesitamos o vamos a necesitar. Compramos de forma preventiva para combatir el síndrome de la nevera vacía y estimulados por una oferta particularmente atractiva en la época estival. Llenamos el frigorífico de lechugas, berenjenas, sandías o melones y los colocamos con frecuencia en el primer hueco que vemos libre sin mayor atención ni conocimiento del lugar que han de ocupar para garantizar un periodo mínimo de conservación. Se ignora o se olvida a veces que los cajones de abajo son los idóneos para los alimentos verdes porque ahí la temperatura es algo más alta y retrasan el proceso de deshidratación.

Con el pescado fresco, tan del gusto de los paladares españoles y especialmente atractivo en verano, la complicación es aún mayor por su baja perdurabilidad. Algo se va imponiendo, por fortuna, la venta de porciones pequeñas que permiten ajustar la compra a un consumo inmediato y, así, que los restos no acaben apestando la nevera. El problema es que la fórmula del troceado llega a encarecer tanto el producto que retrae al consumidor. Es una suma de inconvenientes que apenas sin darnos cuenta nos empujan a alejarnos de la dieta mediterránea y optar por la amplia y seductora oferta de alimentos procesados que tienen mejor encaje en el frigorífico. Gana el aspecto de la nevera, pero pierde el de nuestro organismo.