Mi vecino de abajo, a quien han ofrecido una millonada por su piso, dice que es "una burbujilla" y deberíamos aprovecharla. Mi vecina de la esquina, a quien quieren echar del local donde está su herboristería familiar desde el siglo XIX, dice que es "la gentrificación". No mires en el diccionario, que no está. Viene del inglés, gentry, que quiere decir burguesía, y es el proceso por el que esa burguesía ocupa espacios urbanos, hasta entonces poco provechosos para sus intereses, con la consiguiente alza de precios y expulsión de los habitantes de menos recursos.

Coincidiendo con la multiplicación incontrolada de pisos turísticos, a mi barrio, en el centro de Madrid, está llegando una nueva oleada de especuladores. Los que me tocan más de cerca son venezolanos. Se han quedado con media docena de edificios singulares a los que ningún promotor autóctono fue capaz de meter mano ni en los mejores tiempos de las vacas gordas, los han rehabilitado en un tiempo récord y están vendiendo pisos a peso de oro. Por lo visto han sacado de Venezuela mucha, muchísima, pasta. Supongo que eso es un problema para su esquilmado país, pero mi problema es otro: a este paso, me echan del barrio.

Desde un punto de vista egoísta, no debería preocuparme. Mi casa, que está ya pagada, es mi plan de pensiones. Pero me preocupa. Mucho. La ciudad fue un avance, un paso adelante en el progreso de la humanidad, un hábitat creado para mejorar la convivencia. Que pueda convertirse en un coto para cazadores de fortunas es un asunto de Estado. No aspiro a que me reciba Pedro Sánchez, como a James Rodhes, pero espero que se entere: en el sagrado nombre del dinero nos están echando del centro de las ciudades.