El dilema de la oposición

Pablo Casado, durante el debate de investidura.
Pablo Casado, durante el debate de investidura.
EFE

El superpoblado y abigarrado Gobierno que se estrena ahora ofrece varias características que le diferencian de los que hemos tenido en nuestra democracia. Una de ellas es que va a tener dos oposiciones. Una, interna: los ministros del PSOE y los de Unidas Podemos se opondrán los unos a los otros con cierta asiduidad. Al tiempo. La otra oposición es la habitual: la de los adversarios políticos, que residirá en las bancadas de, como gusta decir a Pedro Sánchez, las tres derechas.

Vox está en su salsa. Cuanto más extrema sea la imagen que ofrezca el Gobierno social-comunista-independentista (así lo califican), más madera alimentará la caldera de su modelo de oposición. El objetivo de Ciudadanos es resucitar. Pero, como bien se sabe, la ciencia aún no ha demostrado que tal cosa sea posible.

El dilema de mayor magnitud recae sobre los hombros de Pablo Casado. Una oposición muy dura equipara al PP con Vox. Eso puede permitir a los populares recuperar votos robados por Santiago Abascal, de la misma forma que puede fosilizar el intento de Casado de convertir a su partido en la bolsa en la que quepan los electores desde el centro hasta la derecha extrema: lo que fue el PP durante tantos años. ¿Qué oposición debe hacer el PP?

Edward Stanley fue primer ministro británico en el siglo XIX y dejó escrito que "el trabajo de la oposición es muy simple: oponerse a todo y no proponer nada". Por el contrario, un economista de su tiempo llamado Walter Bagehot consideraba que la capacidad más importante del líder de la oposición es resistirse a los deseos equivocados que pueda tener su propio partido.

El futuro es ilegible todavía. Pero si las cosas permanecen como están, la alternativa a este Gobierno que suma a la izquierda con la izquierda radical sería, previsiblemente, un Gobierno que sumara a la derecha con la derecha radical. Radical es la palabra de nuestro tiempo. En las redes sociales se cavan trincheras. Ya no se reconoce el derecho del otro a opinar. A veces, ni siquiera a existir.

En la jerga del baseball se utiliza la palabra hardball (bola dura) cuando el lanzador (pitcher) tira la bola con toda su fuerza. Es muy difícil que el rival pueda golpear la bola con su bate, porque va tan rápido y tan fuerte que apenas la ve llegar. Pero si el bateador acierta de lleno, el impacto con una hardball hace que la bola salga despedida con tal potencia que, en ocasiones, acaba volando fuera del estadio. Es el equivalente a un gol por la escuadra. En la política americana se utiliza esa expresión –hardball– cuando un líder político o un partido decide jugar duro. Si le sale bien, ganará. Si el rival es capaz de devolver el golpe, cualquier cosa puede ocurrir. Y no necesariamente buena.

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