¿Cuándo nos tomaremos en serio el terrorismo ultraderechista?

MIQUEL RAMOS (PERIODISTA) y MIGUEL URBÁN (EURODIPUTADO)
Tiroteo Hanau, Alemania
Tiroteo Hanau, Alemania
DPA

El pasado miércoles 19 de febrero, un atentado ultraderechista en dos bares frecuentados mayoritariamente por población migrante se cobraba once muertes en la ciudad alemana de Hanau. Una vez más se reproducía un ya macabro modus operandi del terrorismo ultraderechista, manifiesto y vídeo trufado de estereotipos racistas, xenófobos y teorías de la conspiración; y atentado. Una dinámica demasiadas veces repetidas y que tuvo el 22 de julio de 2011 su punto de inflexión cuando una bomba estallaba en el centro político de Oslo, causando al menos cinco muertos. Dos horas más tarde, un hombre armado mataba a sangre fría a decenas de jóvenes que se encontraban en la isla de Utoya en un campamento de la Liga de Jóvenes Trabajadores, en lo que ha sido el atentado ultraderechista mas mortífero de Europa hasta el momento.

A pesar de que las primeras noticias especularon sobre la autoría yihadista del doble atentado, el asesino confeso de los jóvenes de Utoya y autor de la bomba de Oslo, fue Anders Behring Breivik, exmilitante del Partido del Progreso Noruego, una de las pujantes formaciones europeas de extrema derecha islamofóbica. Una vez confirmada la autoría, la prensa intentó mostrar a Breivik como simplemente un maníaco asesino, pero era mucho más, tenía un ideario político xenófobo, racista antiinmigración, alentado desde hace años por una parte del arco parlamentario noruego representado por el Partido del Progreso. Una ultraderecha también con un importante eco en el resto de los países escandinavos: Partido de los Auténticos Finlandeses, Partido Popular Danés y Partido Demócratas de Suecia, que han hecho de la Islamofobia, el rechazo a la inmigración y de una especie de “chovinismo del bienestar” sus banderas y sobre lo que han sustentado unos magníficos resultados electorales en la ultima década.

En demasiadas ocasiones comprobamos como policías, autoridades y prensa intentan sepultar las motivaciones políticas de los atentados de la ultraderecha como la obra de un loco. Se prefiere “psiquiatrizar lo ocurrido” antes que revisar por ejemplo como Breivik fue un militante activo y dirigente local hasta 2006 del Partido del Progreso que llego a ser la segunda fuerza política de Noruega a base estigmatizar a la población migrante, en especial a la musulmana. O como Luca Triaini, que en 2018 hirió de bala a seis migrantes en un atentado ultraderechista, fue candidato municipal de la xenófoba Liga Norte italiana solo un año antes. Aunque los datos en Alemaniason los más alarmantes de todos, en donde la extrema derecha ha cometido 10.105 actos violentos en la ultima década y 83 asesinatos desde 1990, cinco veces más que el terrorismo yihadista en el mismo periodo. En un momento en el que por primera vez la extrema derecha ha conseguido entrar en el Bundestag desde el final de la II Guerra Mundial.

La extrema derecha lleva tiempo construyendo un nuevo relato con las mismas y viejas formas de siempre contra determinados colectivos. Si durante principios de siglo XX se esgrimió la supuesta conspiración judía para acabar con la raza blanca y dominar el mundo, hoy impregna el ideario ultraderechista la Teoría del Gran Reemplazo y sus variantes, que advierten del supuesto plan de islamizar Europa y sustituir a su población por personas migrantes. Esta idea coreada al unísono por la ultraderecha occidental fue la que motivó tanto la masacre de Breivik en Noruega hace ocho años, como la de Christchurch (Nueva Zelanda) el año pasado, que se saldó con 51 musulmanes ejecutados en una mezquita. El pasado miércoles, de nuevo, la elección de dos locales de shisha responde también a la motivación islamófoba, casualmente pocos días después de que la policía alemana detuviera a más de una decena de neonazis armados que planeaban asaltar armados varias mezquitas.

No se puede negar que el odio racista es hoy una de las principales amenazas ya no solo para la seguridad sino para las mismas democracias. Diversos analistas expertos en terrorismo e inteligencia llevan tiempo advirtiendo de la creciente amenaza supremacista, situándola incluso por encima del terrorismo islamista que ha sacudido en diversas ocasiones Europa, pero que la mayoría de víctimas que se ha cobrado han sido musulmanas, y fuera de nuestras fronteras. Atronador silencio de los islamófobos cuando además se les recuerda que han sido los mismos musulmanes, los sirios, kurdos, palestinos, libaneses e iraquíes, quienes han derrotado al ISIS y a Al Qaeda en su propia casa.

El antisemitismo, la islamofobia, el odio y la persecución a las personas gitanas que perdura en Europa y que pocas veces trasciende, continúan instalados en una Europa temerosa de sus propios demonios, de una ultraderecha que nunca fue derrotada y que supo sobrevivir en las grietas de la democracia, y que hoy marca las agendas políticas y mediáticas.

Las redes sociales y demasiadas veces los medios de comunicación convencionales están sirviendo como altavoz de los odios y los prejuicios de la ultraderecha más crecida y más poderosa desde hace décadas. La impunidad con la que se diseminan los discursos de odio en las redes y la normalización de estos en la política y en la sociedad, que ha aceptado como ‘una opinión legítima como cualquier otra’ el odio a determinados colectivos, provoca que cada vez más fanáticos tomen la iniciativa y actúen por su cuenta para salvar a Occidente del peligro, ya sea asesinando a personas migrantes, poniendo bombas en centros de menores, atacando poblados gitanos, asesinando feministas y personas LGTBI, o a judíos y musulmanes. Pero también a quienes consideran colaboradores de la supuesta pérdida de privilegios del hombre blanco occidental y heterosexual. Es decir, a los que nos acusan de ‘buenistas’, de ‘políticamente correctos’, de ‘feminazis’, de llevar los derechos humanos como bandera. Por eso, Breivik asesinó a 69 adolescentes noruegos del Partido Socialista. Por eso asesinaron a Jo Cox, la diputada laborista inglesa defensora de las personas migrantes. Y por eso fue asesinado el político cristiano-demócrata Walter Lübcke, por defender las políticas de asilo en Alemania.

Desde luego no creemos que los partidos de extrema derecha asuman la gran parte de responsabilidad que les corresponde por llevar años echando gasolina ideológica sobre el odio al “extranjero”, al “diferente”, por alentar una imagen estigmatizada de la migración, como invasores, como delincuentes... de hecho hemos visto como en demasiadas ocasiones han banalizado o incluso hasta han justificado algunos atentados. Pero tampoco creo que los “responsables” partidos del sistema asuman su culpa por adaptar sus discursos y políticas públicas a los dictados de una ultraderecha en ascenso, asumiendo una buena parte de sus postulados, legitimando ante la opinión pública europea el ascenso de la xenofobia, la islamofobia y el racismo. Seguramente todos estos partidos estarán de acuerdo en que es mejor “psiquiatrizar lo ocurrido”, considerar los atentados como la pesadilla de un loco, antes que enfrentarse a la dura tarea de analizar las motivaciones políticas de esta tragedia y razonar sus propias responsabilidades. Pero no lo olvidemos, la extrema derecha, como ya demostró hace ochenta años, tiene vagones de tren y estrellas de todos los colores para las solapas de todos y todas nosotras.

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