La muerte de Shakespeare

William Shakespeare, segunda persona en recibir la vacuna del coronavirus de Pfizer en Reino Unido.
William Shakespeare, primer varón inglés en recibir la vacuna contra el coronavirus en Reino Unido.
EFE

Las lenguas están vivas, se agitan, se desperezan, vibran, no gracias a sus hablantes sino muchas veces a pesar de ellos. De hecho, a pocas cosas nos aferramos tanto cuando en realidad nos importa tan poco como al modo original en el que aprendimos nuestro idioma.

Así, cada mínimo cambio sugerido por filólogos o lexicógrafos se acoge con bufidos, resistencia y un sentido lamento por que la integridad y pureza de la lengua común se corrompa. Qué tiempos, qué neologismos. ¿Dónde iremos a parar, si hasta el Diccionario de la Real Academia de la Lengua ha incluido cocreta? No importa que hace unos días la RAE haya desmentido por enésima vez a través de su cuenta de Twitter que no, cocreta no es un término aceptado: los negacionistas léxicos esgrimirán el vulgarismo de este diminuto manjar como todos los negacionistas hacen: con un absoluto desprecio por la verdad si esta no encaja en su discurso.

En estas discusiones, que en teoría deberían ser menores (¿Se pelean los estudiantes por ingresar en esa facultades? ¿Hay competiciones de etimología en los streamings de los youtubers?) participan y opinan un número desusado de personas, por lo general dolidas porque sólo pierda su tilde o se unifique y simplifique la ortografía. Odiamos eso. ¿Por qué? También odiábamos aprender las normas.. Pero se nos grabó a fuego que la c con la e era /ce/, mientras que con la a era /ka/, (salvo seseo local, claro). ¿Y se atreve alguien, ahora, a modificar aquello que siempre fue así? ¿Por qué aprender por segunda vez lo que tanto esfuerzo nos costó la primera?

"¿Por qué cocreta, haiga o dijistes son vulgarismos, por más que en nuestra casa se hayan dicho siempre así?"

Si el conocimiento exige flexibilidad y adaptación, la ortografía precisa de repetición y obediencia. Cuando esos términos se intercambian, ocurren pequeñas tragedias, como la noticia que dio esta semana un informativo argentino de que William Shakespeare, el gran autor inglés, había fallecido a avanzada edad. El error hundía sus raíces en un mecanismo idéntico al bulo de las cocretas: lo aprendido una vez debe ser, necesariamente, verdad. La idea prefijada de un William Shakespeare escritor resultaba inapelable: si un Shakespeare, con su peculiar nombre, había muerto y era noticia, debía ser por fuerza el mismo de los libros de texto. No andamos tan sobrados de William Shakespeares como para dedicarles titulares…

Pero por desgracia para ignorantes, despistados y amigos de conceptos abstractos rígidos, el primer varón inglés vacunado contra la Covid-19 compartía nombre con el Bardo. Una realidad que alberga varios Shakespeares posee un gran potencial cuántico, pero además obliga a revisar conocimientos anticuados. ¿En qué siglo vivió este autor, por más que haya visto una película reciente de su obra? ¿Por qué cocreta, haiga o dijistes son vulgarismos, por más que en nuestra casa se hayan dicho siempre así? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a modificar nuestras creencias? ¿Qué esfuerzo requiere hablar correctamente? Muy poco y mucho, respectivamente. Tanto y tan poco como nos parezca.

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