Una sociedad desincronizada

Imagen de archivo de tres jóvenes en el centro de Madrid.
Imagen de archivo de tres jóvenes en el centro de Madrid.
Jorge Paris

Estos días se cuenta en los mentideros de Madrid – recién regresados pletóricos de las vacaciones – que una política fue destituida de su alto cargo por ser mayor, 58 años. Suponiendo que sea verdad, sería un buen motivo para reflexionar sobre la edad y el trabajo. Cuesta mucho entender que en España con 58 años se es viejo para asumir responsabilidades y en una ojeada por el exterior observar que los presidentes de los Estados Unidos, China, Rusia y la canciller de Alemania están los cuatro en torno a los setenta y alguno por arriba.

Lo que sí extraña es que se haga a costa de los mayores

Pero ya es sabido que aquí somos diferentes y lo mismo encumbramos a un joven carente de experiencia que defenestramos a un mayor que tanto podría contribuir a facilitársela. A los jóvenes hay que darles oportunidades y puestos de trabajo –y más en España donde tanto escasean–, y no por caridad, en absoluto, porque su fuerza juvenil y renovación de ideas son imprescindibles. Lo que sí extraña es que se haga a costa de los mayores.

Las jubilaciones anticipadas, una forma de que veteranos profesionales, eficaces trabajadores, aligeren las nóminas, responde a una necesidad de relevo, pero crea otro problema, el de centenares de miles de personas en edades productivas, con voluntad de trabajar y excelentes condiciones para hacerlo, que tengan que recluirse en sus casas o en los bares para vencer el aburrimiento y la frustración. Resulta muy triste ver a excelentes técnicos, científicos o profesores, personas que tanto podrían aportar a la sociedad, tener que resignarse a vivir de una pensión y sin estímulos para continuar desarrollando sus capacidades y prestar apoyo a la sociedad que se la está sufragando.

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