Marruecos, hipersensibilidad diplomática

El rey Mohamed VI de Marruecos, en febrero de 2019.
El rey Mohamed VI de Marruecos, en febrero de 2019.
Jesus Briones/ GTRES

Marruecos es un país admirable en muchos aspectos, pero en la política internacional sufre desde antiguo una hipersensibilidad diplomática que con frecuencia dificulta sus relaciones exteriores. El viejo conflicto en torno al Sáhara se eterniza y mantiene a las autoridades de Rabat al borde de los nervios viendo cómo pasan los años y la situación continúa estancada.

Nadie duda que el problema solo podría resolverse con la mediación extranjera mejor que desde la tensión del conflicto y la ausencia de pragmatismo con que lo afrontan las dos partes. España es el país más afectado por esta falta de acuerdo de paz: oficialmente sigue detentando la soberanía del territorio. El buen entendimiento obligado entre dos países vecinos, con tantas posibilidades de beneficiarse recíprocamente, se echa de menos.

Estos días la situación se ha tensado desde que trascendió que el líder saharaui, Ibrahim Ghali, está siendo tratado de una enfermedad grave en La Rioja. El enfado marroquí tropieza en esta ocasión con un elemento humanitario esencial y la comprensión de quienes están cumpliendo esta obligación cristiana y musulmana al tiempo.

España necesita de Marruecos, pero también acoge a cerca de un millón de marroquíes, cuyas transferencias son esenciales para su economía, colabora con grandes inversiones al desarrollo marroquí, y proporciona facilidades para la comercialización de sus productos fuera. Los problemas no son solo con España: en las últimas semanas -enardecidos por las decisiones de Trump sobre el litigio- también han empañado sus relaciones con Alemania. Dos enfrentamientos que demuestran poco realismo ante sus pretensiones de acercarse a la Unión Europea y buscar su apoyo para que el problema saharaui se resuelva.

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