Microbiólogos de salón

Carmelo Encinas  Director de Opinión de '20minutos'
Investigadores trabajan en la vacuna del coronavirus.
Investigadores trabajan en la vacuna del coronavirus.
EFE

He aprendido lo indecible. Hace solo dos meses la microbiología era para mí poco más que una ciencia oculta y ahora sé cosas que ni siquiera imaginé fuera capaz de asimilar. Son muchas semanas escuchando con la mayor atención y el miedo en el cuerpo a científicos nacionales y extranjeros contando los aspectos más íntimos de la Covid-19 y explicando al detalle las distintas estrategias emprendidas para neutralizar sus letales efectos.

Se demuestra una vez más que Lamarck tenía razón cuando decía que la función crea al órgano y la necesidad a la función. Empujados por el pavor que nos produjo la dramática irrupción del virus en nuestras frágiles vidas sentimos la necesidad de consumir dosis masivas de información sobre ese universo microscópico hasta ahora mayoritariamente ignorado. Así, y en un tiempo récord que se nos ha hecho eterno, nos convertimos sin pretenderlo en microbiólogos de salón.

Tenemos la necesidad de consumir dosis masivas de información de ese universo microscópico hasta ahora ignorado

Si antes evidenciábamos que en cada uno de nosotros había un seleccionador de fútbol ahora cabría decir que en nuestro interior se halla un microbiólogo en prácticas. Esta vocación tardía permite que cualquiera de nosotros comente a sus allegados, con cierta soltura, los últimos conocimientos adquiridos incorporando incluso un lenguaje científico que exhibe una aparente erudición.

Lo más elemental, y que aprendimos enseguida, fue diferenciar claramente el comportamiento de este agente infeccioso con respecto al de las bacterias, cuando antes en los procesos infecciosos era moneda corriente la automedicación que metía a ambos en el mismo saco. Ahora nos queda meridianamente claro que a la bacteria se la puede zurrar con antibióticos pero cuando el virus ataca, la penicilina es inútil.

El común de los mortales descubrió también que este agente carece de células y que su existencia no es posible sin un huésped vivo al que parasitar y donde poder multiplicarse a discreción. Esto, en concreto, resulta especialmente conveniente que los aprendices de microbiólogo lo interioricemos bien porque nos alerta sobre el ansia del bicho por contagiar cuanto pueda. Antes nada sabíamos tampoco de prevención virológica y ahora podríamos dar conferencias sobre la porosidad de las distintas mascarillas o la eficacia de los desinfectantes.

Hace solo tres meses la inmensa mayoría de la comunidad científica comparaba los efectos de la Covid-19 a los de una gripe

Lo paradójico es que, según avanza nuestro conocimiento, vamos descubriendo lo mucho que les queda a los científicos por saber de esta pandemia. Pensemos que hace solo tres meses la inmensa mayoría de la comunidad científica comparaba los efectos de la Covid-19 a los de una simple gripe, algo que los profanos compramos sin otra intención que la de transmitir lo que la ciencia decía. Un error de bulto en el que muchos microbiólogos de salón niegan haber incurrido cuando nadie recuerda que su voz se oyera entonces advirtiendo de lo que se nos vendría encima.

Estas experiencias propias y ajenas me inclinan a tener mayor compresión con los que erraron en la arena de cualquier administración, ya sea central, autonómica o local, y del color que sea, esos que hubieron de actuar a ciegas, deprisa y con el barro hasta las rodillas, que con quienes les increpan inclementes desde la barrera. En el sofá del salón, todo es más fácil.

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