Miedo a opinar

Una persona escribiendo con un teclado.
Una persona escribiendo con un teclado.
Pixabay

Empecé a escribir columnas en este periódico en mayo del 2016. Cinco años y medio resumidos en cerca de una centena de textos, cifra que queda lejos de los más de mil trescientos que lleva el escritor Javier Marías. Lo cuenta en una columna en la que repasa su vida como opinador, convencido de que nunca se ha censurado, igual que no lo ha hecho el medio para el que escribe. Tampoco a mí este periódico me ha echado algo para atrás, habéis leído todo lo enviado. Lo que últimamente no tengo tan claro es si lo que escribo es lo que tengo en la cabeza.

Marías se enorgullece de ganarse odios escribiendo lo que otros no pueden decir en voz alta. Se muestra indomable ante los biempensantes, tan de moda en tiempos de trending topics. En mis primeros años como columnista me consideraba osado, tanto que Marías era mi referente. Ahora me define la prudencia porque sé que una columna es una pistola que apunta a mi cabeza.

"No escribo lo que queda bien, nunca lo he hecho, pero sí que ahora me cuesta meterme en líos"

Si critico a Sánchez, ojo que me tuitean que soy facha, pero como me meta con Ayuso me salen con que podemita. De la pandemia mejor callado que me insultan por no ser inmunólogo, ni vulcanólogo. El independentismo ni tocarlo, que ni soy de allí ni lo he vivido, igual que el feminismo, que a ver si estoy robando espacio a una mujer para opinar... Vivo esperando la columna por la que les hagan un boicot a mis novelas (no me vendría mal porque suele tener el efecto contrario). Como dice Marías, "hemos llegado a lo más grave que puede ocurrir en una sociedad libre y democrática porque es propio de dictaduras: a tener miedo de opinar en voz alta".

No escribo lo que queda bien, nunca lo he hecho, pero sí que ahora me cuesta meterme en líos. Quizá sea porque empecé estas columnas siendo un treintañero de Malasaña y hoy tengo los cuarenta, una alianza de boda y un hijo. En cualquier caso, en este lustro no solo he cambiado yo, sino que también lo habéis hecho los que me leéis. ¿Hemos ido a mejor?

Tenemos información para ser más plurales que nunca, pero, paradójicamente, se aplaude el pensamiento único en redes. También la crispación, combinada con buenismo, ingredientes que, de base, no casan. Y lo que tampoco cuadra es escribir opinión en un periódico con miedo a las represalias.

Siempre quise ser columnista, por algo tan freudiano como que mi madre leía las columnas de Manuel Hidalgo cuando era pequeño. Seguro que a él le pasó como a Marías, que tiene la sensación de haber opinado demasiado de casi todo. A mí no me ocurre porque la autocensura de la era de la corrección me impide meterme en todos sus jardines. Escritores y lectores hemos aprendido a protegernos para que la pistola de la opinión no nos apunte, pero la realidad es que las balas siguen saliendo disparadas. La víctima mortal es el pensamiento crítico.

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