Borja Terán Periodista
OPINIÓN

'El Grand Prix' ha vuelto con éxito a TVE: el viaje emocional de reencontrarse con un concurso que nos marcó

El retorno del mítico concurso arrasa en La 1 con un 26.1 por ciento de share y 2.572.000 espectadores.

Ramón García espatarrado en el regreso de El Grand Prix
Ramón García espatarrado en el regreso de El Grand Prix
RTVE
Ramón García espatarrado en el regreso de El Grand Prix

Suena la sintonía de El Grand Prix en TVE. La mirada se levanta, las emociones brotan. De repente, aparecen los olores a aquellos veranos de vacaciones escolares en los que teníamos granos en la cara y cantábamos "en el campo y en la playa hace calor, y la gente se pasea en bañador".  Y no hacía falta mucho más.

Aunque el decorado recuerde a la tele de los noventa, no estamos ante una reposición. Lo delata la sintonía, que ha actualizado acordes y suena más breve. No vaya ser que el público de 2023 salga corriendo. A menudo, la tele de hoy confunde ritmo con prisa. Y no siempre hay tiempo para los himnos. Aunque la canción de El Grand Prix del verano atesoraba el superpoder de generar esa sensación de gran e imperdible acontecimiento que te levantaba del sofá e implicaba con la tele. 

Pero ahí estaba, con las tablas de siempre, Ramón García reencontrándose, como todos, con El Grand Prix de su vida después de 18 años. El maestro de presentadores no decepciona: controla con naturalidad el plató, cuida las liturgias del concurso (en el minuto de cierre insistió en que se pusiera el marcador para reforzar la celebración en el desenlace del programa), sabe leer las espontaneidades de los participantes y, así, crea un clima de confianza. Ramontxu es hogar. Aunque ya no comenta a solas los patinazos de los concursantes en las pruebas como antes, ahora se ha fichado a una popular streamerCristinini, para intentar captar la curiosidad de nuevos públicos. Junto a ella también está Michelle Calvó, revelación como copresentadora. Los tres ejercen el valioso intercambio generacional.

Y han vuelto a rodar los troncos locos, a inflarse la patata caliente, a derribarse los bolos gigantes (con Lolita Flores guiando con un tira 'pa allá' a un concursante con los ojos tapados, ejem...). Incluso han vuelto a mitigarse las luces del estudio para incidir en la solemnidad del cuestionario de cultura general final. Sin embargo, por momentos, era como regresar a ese parque de atracciones que de niño constatabas inmenso y, ahora, percibes de cartón-piedra. Hasta los disfraces de las pruebas se aprecian más flojos (y arrugados) que antaño. El programa intenta llamar la movilizadora atención de los niños y se ha dinamizado llenándose de personajes de cómic (el elástico Wilbur y ¡hasta un dinosaurio!) que irrumpen sin necesidad de ser presentados. 

No obstante, el verdadero fuerte de El Grand Prix del Verano sigue estando en la autenticidad de los habitantes de los pueblos rivalizándose y, a la vez, conociéndose. Ese espíritu de la congregación que ilusiona porque representas a tu tierra. Y la enseñas al mundo. Ahí El Grand Prix de Ramón García sigue contagiando la alegría del jolgorio de sentirse partícipe de una comunidad. Un concurso que no necesita polémicas, no necesita peleas, no necesita cebos, no necesita titulares sensacionalistas, no necesita pantallas leds. Sólo la verdad que transmite la artesanía de jugar juntos, pringarse juntos, caerse juntos, levantarse juntos y sonreír juntos. Cinco ingredientes de convivencia que, bien combinados, hacen al programa único en tiempos de formatos televisivos (y discursos políticos) cortados por el mismo patrón. 

La televisión nunca ha dejado de evolucionar. Las sensibilidades, tampoco. La vaquilla ahora es un muñeco. Y, entonces, mientras volvíamos a ver los troncos locos nos hemos percatado de que, sí, es real que El Grand Prix ha regresado con éxito, pero también de que nosotros ya no podemos regresar a la ingenuidad de aquellos despreocupados veranos en los que pegamos el estirón con un Frigo Pie en la mano. 

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