Leópolis: cómo la 'Barcelona ucraniana' llena de vida y turismo se ha convertido en un caos humano en busca del exilio

Dos mujeres y una niña comen en la estación de tren de Lviv
Dos mujeres y una niña comen en la estación de tren de Lviv
EP

“¿Habéis notado que ya no existen los días de la semana? Lo que tenemos es un contador del día desde que empezó la guerra”, apostilla una mujer ucraniana en las redes sociales. Y es cierto, muchas publicaciones ucranianas, incluso en los medios de comunicación, empiezan ya a contar el numero del día del conflicto. 

El día 7 desde que empezó la guerra se ha convertido en reto emocional. Una de las ciudades más grandes del este, Járkov, está casi destruida. Los flujos de los refugiados del este y del sur del país siguen con paso decidido hacía el oeste del país. Leópolis —o Lviv, como lo llaman aquí— siempre ha sido una de las ciudades más bonitas de Ucrania. Tanto ucranianos como extranjeros viajaban a esta especie de “Barcelona ucraniana” a pasar el finde, a disfrutar de las cafeterías locales con sus famosos pasteles (plyatsyky) y a tomar una taza de café en esta urbe situada a 30 kilómetros de la frontera. Ya no.

Un grupo de personas esperan en la estación de tren de Lviv
Un grupo de personas esperan en la estación de tren de Lviv
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Ahora Leópolis es la última ciudad de gran tamaño y relativamente segura que se encuentra de camino a la frontera y, literalmente, se hunde entre las lágrimas y el dolor de la gente. "¿Y qué hago ahora?", grita una mujer que sale de un tren procedente de Kiev : "Intenté entrar en la casa de mi hermana pero no me dejaron pasar. Llegue aquí… ¿Qué hago?", se pregunta desesperada.

"Muchas mujeres nos dicen que se sienten malas madres por no haber sido capaces de proteger a sus hijos"

La estación de Leópolis es una definición perfecta de la palabra caos y está llena de periodistas, voluntarios y gente de todos los países. La cola de personas que quiere coger el tren a Varsovia se alarga metros y metros fuera de la estación. “Somos de la ciudad de Dnipro, hemos pasado tres días en un búnker y seis horas dentro del tren en una oscuridad total [los trenes están tapando los cristales de los vagones]. Hemos parado tres veces porque las alarmas están sonando todo el rato... y estamos cansadas”, se lamenta una mujer de unos 50 años, que espera junto con su hija y su nieta en una larga cola al autobús que las evacuará a Polonia a través de los pasos fronterizos de Rava Ruska, Shygina, Krakovets o Grushiv

Los voluntarios se acercan a la muchedumbre para preguntar si están bien y si necesitan ayuda. El coordinador del centro de ayuda medico-psicólogica de la estación (que realmente es un cuarto de la antigua zona VIP) se llama Volodymyr y dice que están entrenados para identificar a la gente en riesgo extremo. "Solo preguntándoles si están bien ya saben que no están solos y que son importantes para alguien", dice.

Todo el mundo es bienvenido en este centro: uno de los voluntarios procede de Jersón y aunque por sus malas condiciones de salud podría cruzar la frontera —los hombres menores de 60 años no pueden abandonar el país— pero decidió quedarse para ayudar. Según los psicólogos, el miedo ante lo desconocido, el miedo por sus hijos, la culpa e inseguridad son las emociones que dominan la mente de los que abandonan Ucrania. “Muchas mujeres nos dicen que se sienten malas madres por no haber sido capaces de proteger a sus hijos”, afirma Kateryna, de 23 años, psicóloga del centro.

Kateryna, la psicóloga del centro.
Kateryna, la psicóloga del centro.
Olha Kosova
"No les garantizamos seguridad y no les damos falsas esperanzas. Pero les explicamos que por lo menos aquí, en este momento están a salvo"

Mariana, la doctora del centro, añade que los que más sufren en esta guerra son la población vulnerable; sobre todo, los niños con necesidades especiales, como los niños autistas que se estresan por el ruido constante y la cantidad de gente, o los niños con enfermedades crónicas. También muestra una foto de un niño con diabetes que estuvo 5 días durmiendo en el cuarto de baño, no recibió insulina a tiempo y llegó en el estado casi critico a la estación.

Pero no solo los refugiados necesitan ayuda. Algunos voluntarios llevan días sin dormir y no aguantan el dolor y desesperación de la gente. Una voluntaria se sienta en un sillón y se rompe a llorar: “No puedo más”, solloza. En los últimos días este centro improvisado ha atestiguado historias y tragedias de todo tipo. Una madre con diez hijos que perdió a su marido. O un jugador profesional de hockey sobre hielo que perdió su casa bajo el fuego ruso, se quedó sin nada —ni siquiera sus papeles— y lo único que logró salvar fue su bastón de hockey con el que ha atravesado todo el país hasta llegar a Leópolis. “No les garantizamos seguridad y no les damos falsas esperanzas. Pero les explicamos que por lo menos aquí, en este momento están a salvo”, comenta Volodymyr.

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