Sonsoles Ónega: "Todo lo prohibido resulta más atractivo"

La periodista Sonsoles Ónega, en una imagen de archivo.
La periodista Sonsoles Ónega, en una imagen de archivo.
TELECINCO

"En la literatura puedes hacer básicamente lo que te dé la gana", asevera Sonsoles Ónega, que en Mil besos prohibidos (Ed. Planeta), su sexta novela, se toma la revancha contra las historias de amor inacabadas, que en esta documentada y consistente historia transcurren serpenteando entre la soberbia de los poderosos, la culpa y el papel de la Iglesia en la sociedad. En paralelo, Ónega se enfrenta a un nuevo reto televisivo: presentar La casa fuerte en Telecinco.

¿Por qué esta novela de amor reencontrado? Es un amor interrumpido, que por una casualidad del destino, cosas en las que creo profundamente, en la casualidad y en el destino, hace que dos personajes que habían vivido una historia de amor adolescente se reencuentren en la vida y consigan desenlazar la historia. Me apetecía eso precisamente, desenlazar una historia de amor sin concluir. Yo creo que de alguna manera todos nos hemos dejado a lo largo de la vida muchas conversaciones pendientes y esta novela es precisamente eso: la historia de un primer amor al que nadie le había puesto punto y final y al que los protagonistas consiguen llegar hasta el final.

¿Ha sido por desquitarse de algo? Siempre se le atribuye algo de autobiografía a una novela… Es un interés que yo siempre he tenido. El poder inventar el final de una historia que no ha terminado, como tema literario más que por otra cosa. Sí que me ha permitido poner voz a sentimientos que llevaban dentro de mi. Es una novela que ajusta cuentas con el pasado a través de mis personajes, también con el presente y por qué no, con el futuro. Es una evocación de las historias de amor en las que necesariamente necesitamos creer para seguir viviendo.

El amor es un motor literario, ¿qué otro sentimiento le tienta abordar para escribir? La culpa. En casi todos los personajes de mis últimas novelas hay un sentimiento de culpa presente, sobre todo en los personajes femeninos. La culpa es uno de los virus que más contagian a las mujeres y singularmente a aquellas que quieren tener una carrera profesional y hacerla compatible con la vida familiar. En el caso de Constanza esa circunstancia no está presente, pero sí es una mujer que colecciona culpas, por la pérdida de su hija, por el secreto que se ve obligada a mantener para hacer realidad el última voluntad de su madre y además es una mujer que ha ido coleccionando pérdidas. Pero, y en esto hay algo de mí, aprendemos más de lo que perdemos que de lo que ganamos. También el personaje Mauro está empapado en la culpa, lucha contra ella. Piensa que es un sacerdote que no esperaba para nada el encuentro con Constanza, pero se da cuenta cuando la ve que hay algo aún vivo, que esa llama que prendió cuando eran jóvenes no ha conseguido apagarla.

¿Es incompatible el amor y la fe? ¿Es justo que lo sea? El amor como tal es compatible, el amor a Dios es lo fundamental en la comunión entre un hombre y su sacerdocio. Lo que no está permitido es la vida en pareja y las relaciones de un hombre y una mujer. La novela no trata de cuestionar los principios de la Iglesia Católica más allá de que en algún pasaje exista una crítica a la falta de actualización de la Iglesia. Es el paisaje de la novela, pero no su tema fundamental. No podía abordar el dilema del padre Mauro sin exponer algunas de sus contradicciones. Pero todo eso está ahí desde el respeto absoluto a la Iglesia Católica. He trabajado cerca de un sacerdote tratando de comprender y hacer verosímil el comportamiento del padre Mauro. Eso siempre me preocupa en todos mis libros: que los comportamientos de los personajes sean verosímiles. Luego la televisión me ha demostrado que la realidad supera a la ficción millones de veces, pero a veces, quizá por deformación profesional, intento que todos los personajes tengan un comportamiento homologable a la vida real.

¿Ha trabajado junto a un sacerdote para documentarse? Sí, y me ha ayudado muchísimo, pero me ha pedido que ni le nombre (risas). Pero sí, ha formado parte del proceso creativo, no podía enfrentarme a la narración sin saber cuales son los comportamientos de un sacerdote o cómo puede reaccionar. O cómo si Mauro está dispuesto a curarse de su culpa de amor qué puede hacer. Hay un pasaje sobre ejercicios espirituales para los que viaja a la cueva de San Ignacio en Manresa que he trabajado con el sacerdote. A mí no se me habría ocurrido, vaya.

¿Los besos prohibidos son los que mejor saben? Quizá sí. Al ser humano basta que le prohíbas algo para que quiera hacerlo. Creo que eso lo hemos aprendido en esta pandemia. Nos han prohibido salir y hemos querido salir más que nunca, nos han prohibido viajar y queremos hacerlo… y si nos prohíben besarnos desearemos besarnos por demás. Ahora sabemos más que nunca lo que significa una prohibición. Todo lo prohibido resulta más atractivo.

Una de las imágenes de esa pandemia fue la Gran Vía vacía… usted sitúa en el encuentro entre los protagonistas allí. ¿Por qué esa calle? Es un escenario que he habitado durante muchos años, cuando trabajaba en la Audiencia Nacional. Por la Gran Vía iba a trabajar y por ella salía para volver a casa. La he visto amanecer, atardecer y anochecer y me apetecía que fuera un escenario para los personajes. La Gran Vía es pura evocación, pura inspiración la mires por donde la mires. Y como la literatura te permite hacer básicamente lo que te de la gana situé allí a los personajes, puro capricho.

Mauro y Constanza no son nombres usuales, ¿tiene algún método para elegirlos? La verdad es que no. El nombre de Constanza me resultaba sonoro. Probablemente lo leí en algún sitio y se me quedó, igual que con el padre Mauro. Si cuadran de forma natural, ahí se quedan. 

Dicen que los periodistas son escritores frustrados. Ya con seis novelas, ¿se ha quitado esa espina? Lo que me he quitado es la ansiedad por saber hacer una novela que es algo que me ha atormentado durante muchísimos años. Siempre me he acercado a la literatura con muchísimo respeto porque no creo que debamos escribir libros como si estuviéramos haciendo churros. Me he dado cuenta de que una novela detrás de otra es un aprendizaje constante hasta que llegas a la última y te planteas empezar la siguiente no cometiendo los errores que has hecho en la anterior. No sé si hay un escritor frustrado en cada periodista... Sí es importante el oficio de periodista para alimentar la literatura, para saber documentarse, para recurrir a las fuentes, para saber preguntar cuando vas a un escenario…

Hay muchas referencias históricas y de contexto durante la novela, ¿se ha documentado o es buena memoria? Yo tengo una memoria horrorosa. Malísima, pésima, me apunto hasta el último libro que leo porque se me olvidan. Me documento porque ayuda a darle consistencia a las novelas y porque enriquecen el texto. Me gustan los libros de los que aprendo y si puedo aportar un plus a la historia, pues fenomenal. Creo que tiene parte de deformación profesional esa necesidad de situar los hechos.

Hay muchos diálogos, más que en la mayoría de las novelas… Los diálogos son una parte fundamental de la novela y dialogar no es sencillo. Yo aprendí a hacerlo con la anterior novela. En un diálogo defines y retratas a un personaje y tienen que acercarse mucho a él, no puede hablar el padre Mauro y hacerlo igual que Constanza. Le dedico mucho tiempo al acento que tienen que tener los personajes.

¿Tiene una frase, párrafo o pasaje preferido? En la página 30: “Los dos se creyeron esa promesa, en aquellos las palabras contenían verdades sin matices, eran profesionales en sus afectos. No mentían ni anunciaban compromisos que no pudieran cumplir. A fin de cuentas, cuando se separaban el ejercicio del amor consistía en en recibir una carta y en contestarla de vuelta”.

¿Qué le atrae de ese fragmento? Que esa es la esencia del amor: años de profesionalidad en los afectos. Se creyeron eso que estaban viviendo. Luego ya la vida les demostró que todo era una enorme trampa y que crecer es una enorme complicación. También me encanta el final. Cuando se dice “sonaba a lunes y a uno de enero”. Ése es el canto de esta novela: vive, vive, vive, que tu vida sea siempre un lunes y un primero de enero, que es cuando todo empieza.

¿Es de las que cree que cualquier tiempo pasado fue mejor? Todo ser humano y a mi me pasa, tendemos a dejarnos seducir por los caprichos de la memoria y siempre queremos volver a ese instante en el que creemos que fuimos más felices. Y son pequeñas trampas de la cabeza, no es necesariamente así. No siempre el pasado fue mejor, pero archivamos instantes, lugares, conversaciones y personas a las que recurrimos como salvavidas cuando el presente no nos gusta. Esta novela también tiene mucho eso, como la recreación de un pasado que parece más abundante que lo escaso que fue. Para Mauro y Constanza aquella no fue una gran historia de amor, sino la primera historia de amor, que se nos queda tatuada como a fuego.

¿Se acuerda de la suya? Sí, yo me enamoré de un chavalito del colegio cuyo nombre no reproduciré porque ignoro si tiene familia. Pero sobre todo recuerdo el momento en que me abandonó, porque yo fui abandonada por ese primer amor y recuerdo cómo iba yo subiendo la calle por la acera del colegio, con la mochila y la corbata del uniforme desanudada y esa imagen no se me borrará nunca, jamás en la vida.

¿No perder la capacidad de sorprenderse es una clave para la vida? Totalmente. Yo sólo le pido a la vida que mi ilusión nunca envejezca, porque con ilusión vas al fin del mundo a la hora de abordar todo. Incluso cuando te levantas por la mañana para ir al súper y dices ‘¡Venga, vamos con ganas!’. Que la ilusión no desfallezca, que es lo que nos va a mover. Las arrugas se quitan, todo lo demás se arregla… pero la ilusión por vivir, que Dios me la mantenga.

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