Rosa Montero
La escritora y periodista Rosa Montero presenta la novela 'Los tiempos del odio'. ELENA BUENAVISTA

Tras Lágrimas en la lluvia y El peso del corazón, Rosa Montero (Madrid, 1951) publica Los tiempos del odio (Seix Barral), su tercera novela con la detective replicante Bruna Husky como protagonista. La autora dice de este personaje que es el más cercano a ella en un sentido "muy íntimo", tanto que cuando "nació" le puso de nombre un seudónimo que utilizaba en las redes sociales.

Con otra novela y un ensayo entre manos como proyectos previos, la también periodista espera poder escribir "una cuarta Bruna" dentro de unos años y defiende que el mundo que describe en estas obras, siendo ciencia ficción, es un relato metafórico de los tiempos que corren

¿Qué le ha llevado a retomar a Bruna?
No es que  tuviera la idea de una historia tan compleja que necesitara una trilogía. Cada libro se puede leer sin haber leído los anteriores. Cuando hice la primera lo que quería era regalarme un mundo con personajes estables que poder visitar cuando quisiera. Tener ese otro lugar mío y ser su diosa. En este libro, el mejor de los tres, tengo la sensación de haber completado un ciclo. Aunque habrá otra novela por lo menos.

Describe a la protagonista como independiente, poco sociable, intuitiva, poderosa, con un gran corazón...
Y conflictiva, agresiva, tremendamente contradictoria. Es muy valiente en lo personal pero muy cobarde en lo emocional. Cree que los sentimientos la debilitan y de hecho el trayecto de las tres novelas es un trayecto hacia la aceptación, a perder esa inquina que le tiene al mundo y ese odio que se tiene a sí misma y llegar a encontrar su lugar.

Dice que es el personaje más cercano a usted desde un punto de vista íntimo. ¿Se ve así?
No en esa parte. Me di cuenta hace poco de que en todas mis novelas el personaje, inicialmente misántropo y un solitario feroz, se va rodeando de una especie de parafamilia de monstruos, de personajes heterodoxos mejores que los personajes de poder que aparecen. Así, en todos mis libros hay una reivindicación de la necesidad esencial de vivir la vida con los otros. Curiosamente yo he sido siempre una persona hipersociable y para mí la amistad es esencial. En ese punto, Bruna vuelve a ser mi antítesis. Pero, aunque ella es mucho más salvaje que yo, en lo más profundo sí nos parecemos. Por ejemplo en la obsesión por el paso del tiempo y por la muerte. Al mismo tiempo, la otra cara de eso es su hambre desaforada de vivir. También nos parecemos en la lucha entre la necesidad del amor sentimental y el conflicto de mantener la independencia.

Ella sabe el momento exacto en el que va a morir.
Eso es insoportable. Por eso no puede olvidar que es mortal. La inmensa mayoría de los humanos viven olvidándose de que son mortales, lo cual es estupendo. Yo la mayor parte del tiempo no lo consigo. Es angustioso pero por otro lado no es malo porque cuando estás muy lleno de muerte estás muy lleno de la conciencia de la vida. Mucha otra gente, que cree que es inmortal, desperdicia mucho la vida. Los angustiados perdemos menos el tiempo.

"En el umbral de una posible involución brutal"

Dibuja un mundo casi sin agua, en el que se paga por el aire limpio, hay toque de queda para los jóvenes... ¿Nos espera un futuro tan catastrófico?
Es completamente realista. La ciencia ficción para mí es una herramienta metafórica para hablar del aquí y el ahora. Creo que el mundo en el que vivimos es bastante peor que ese. Cuando empecé la primera novela creé un reino teocrático, reaccionario, terrorífico…  y a los pocos años surgió el ISIS, mucho más atroz. En el mundo en el que vivimos no se paga una cuota por el aire limpio pero es en los países llamados no industrializados donde están las industrias más contaminantes y donde se entierran los deshechos nucleares y electrónicos. Los pobres están viviendo en un entorno infinitamente más contaminado que los ricos. El toque de queda para jóvenes está también desde mi primera Bruna y a los seis o siete meses de publicarla lo impusieron en los suburbios de París. A veces tengo la sensación de que la realidad va detrás de mis novelas [ríe].

¿Tenemos solución?
Vamos muy mal encaminados. Esta novela habla de ese abismo al que nos estamos enfrentando. Creo que vivimos en los tiempos del odio claramente y que lo que cuenta la novela es de una actualidad sobrecogedora. Estamos en el umbral de una posible involución brutal y de perder derechos democráticos que ha costado siglos, mucha sangre y mucho sufrimiento conquistar. La democracia nunca ha estado en un momento tan bajo de credibilidad y de legitimidad.  

Al hablar de androides y de replicantes nos viene a la cabeza Blade Runner, ¿se ha inspirado en ella?
Claro. Lágrimas en la lluvia se llama así entre otras cosas como reconocimiento. Pero lo que he hecho ha sido revisar el mito contemporáneo del replicante de Philip K. Dick para vehicular dos preocupaciones que he tratado en todas mis novelas obsesivamente: la muerte y el hecho de que la memoria es un artificio, creemos que recordamos las cosas pero en realidad nos las inventamos. A mí me gusta mucho la ciencia y he intentado que todas las novelas de Bruna sean un mundo posible socialmente pero también científicamente: las consecuencias del calentamiento global, los conflictos sociales y éticos relacionados con las nuevas tecnologías...

Cuando publicó la segunda entrega hace tres años dijo que en España no tenía éxito la ciencia ficción porque faltaba cultura científica. ¿Ha habido cambios?
Creo que sí. En España se piensa que si no sabes quién es Shakespeare eres un analfabeto pero si no tienes ni idea sobre entropía no pasa nada. Todo forma parte de la compresión del mundo y la ciencia es esencial para entenderlo. Eso está empezando a calar, también en la comunidad científica. Ahora ya hay empeño de los científicos en divulgar. Durante una época parecía que para algunos la divulgación era un abaratamiento.

¿Esas nuevas tecnologías de las que hablaba y las redes sociales nos están llevando a dar una imagen de nosotros mucha más positiva que la real?
Sí y no. Vivimos en un mundo de la imagen que está además muy edulcorada. Vemos en internet todas esas fotos maravillosas de la gente. Pero por otro lado también está toda esa furia y rabia que atraviesa las redes sociales. Ahí está palpitando el odio, el sectarismo, la intolerancia, algo muy feo y muy propio de estos tiempos. Y otra cosa que me preocupa es que empleamos al día cuatro o cuatro horas y media a mirar el smartphone. La lectura de libros ha bajado brutalmente porque no tenemos tiempo de leer.

"No me metería a hacer política nunca"

Escribió un tuit felicitando a Màxim Huerta cuando fue nombrado ministro. ¿Qué opina de lo que ocurrió después?
Màxim es encantador y buena persona. Me dio mucha pena. Creo que hubo un linchamiento excesivo pero estuvo bien que dimitiera. No solo hay que ser honesto, sino como la mujer del César, hay que ser impecable.

¿Le propuso a usted el presidente, Pedro Sánchez, ser ministra?
En absoluto. No me metería a hacer política nunca. No por nada. Benditos sean los políticos con idea de estado y que quieren cambiar el mundo. El mejor ejemplo es [la canciller alemana, Angela] Merkel, la única política que defendió a los refugiados y suspendió la venta de armas a Arabia Saudí. Todos los demás, nada. Es una vergüenza y el descrédito de la democracia nace de ahí.

Sí manifestó, también en Twitter, su apoyo al Gobierno cuando cumplió los primeros cien días.
Sí. A estas alturas no pongo el cuello por nadie. Ahora, creo que después de muchísimos años lamentables por lo menos este Gobierno de Sánchez nos ha dado cierta ilusión, con todos los problemas enormes que tiene. Debería aprovechar y convocar cuanto antes unas elecciones porque además las ganaría y tendría más legitimidad.