Una especie de nuevo costumbrismo se ha instalado con fuerza en el cine. En los últimos meses, la cartelera se ha llenado de historias centradas en lo cotidiano, en momentos puntuales de la vida más que en grandes artificios argumentales. Ese tono realista, en el que la atmósfera es casi un personaje más, ha dado lugar a filmes como Call Me by Your Name, Verano 1993 (en España es más frecuente este estilo), The Florida Project o Lady Bird.

En el caso de estos dos últimos se suma otra temática habitual en las nominadas a los Óscar, las peculiaridades de la sociedad estadounidense, pieza importante también en Déjame salir y Tres anuncios a las afueras.

De todas ellas, Lady Bird es, con diferencia, la más típica de todas. A saber, el relato de una joven rebelde y descarada de una familia de clase media con problemas económicos que, en los últimos años de instituto, no tiene claro su futuro. Aquí entran todos los lugares comunes imaginables: el despertar sexual, los conflictos con los progenitores, la espera de las típicas cartas de la universidad, la relativa desdicha de gente que vive en enormes casas unifamiliares, los conceptos de éxito y popularidad...

Sin embargo, la actriz y guionista Greta Gerwig ha conseguido, en su debut como directora, que todo esto parezca quizás no diferente pero sí especial, único, con una personalidad arrolladora, la de sus personajes y la de los fantásticos actores que les dan vida y convierten todos los pequeños acontecimientos en algo humano, real y divertido.

Saoirse Ronan, una fiera de la interpretación que ya ha obtenido tres nominaciones a los Óscar con solo 23 años, ha hecho de Lady Bird (así se hace llamar la protagonista) un personaje icónico, una nueva Juno, una joven inteligente –a pesar de no ser buena en los estudios–, ingeniosa, temperamental, seria, ácida, algo insegura...

Ella lidera un genial reparto adolescente en el que figuran los aclamados Lucas Hedges (Manchester frente al mar, Tres anuncios en las afueras) y Timothée Chalamet (Call Me by Your Name), Odeya Rush como la típica chica popular de la clase y Beanie Feldstein en el papel de la encantadora y risueña mejor amiga de LadyBird.

Al margen de los jóvenes, la gran estrella es Laurie Metcalf, una actriz que ha triunfado en teatro y televisión (es muy conocida por su papel como madre de Sheldon Cooper en The Big Bang Theory) y que aquí por fin ha tenido la oportunidad de brillar en la gran pantalla. Y brilla. Ella es Marion McPherson, la madre de Lady Bird. Las dos, juntas, conforman el alma del filme, la relación de dos personas que se aman pero que casi nunca se soportan, el choque entre una madre protectora que ha de asumir la ardua tarea de sacar una familia adelante y una chica que quiere escoger su propio camino en sin que nadie la controle.

Con sensibilidad, elegancia, descaro, humor, cariño y muy buen gusto, Gerwig logra que todas las piezas, todos los personajes, encajen en un tierno puzle en el que hasta el más pequeño papel derrocha dignidad y calor humano (el padre de la joven, su hermano, la pareja de este, el profesor de teatro...).

Lady Bird es un bello exponente del talento femenino que ha conseguido hacerse hueco en un Hollywood machista en el momento más oportuno. Este triunfo será pleno si en los Óscar logra alzarse con alguno de los cinco premios a los que opta: uno al de mejor película, dos por las interpretaciones femeninas (para madre e hija) y dos para Greta Gerwig, como directora y por su guion original.