Crítica de 'Manchester frente al mar': Intensa y dolorosa reflexión sobre la muerte y la culpa

  • Este viernes se estrena 'Manchester frente al mar', una de las favoritas de los Óscar.
  • Casey Affleck interpreta a Lee, un hombre atormentado por su pasado que, tras la muerte de su hermano, debe hacerse cargo de su sobrino de 16 años.
  • El resultado es un drama lento y duro pero hermoso y conmovedor.
Michelle Williams y Casey Affleck en una escena de 'Manchester frente al mar'.
Michelle Williams y Casey Affleck en una escena de 'Manchester frente al mar'.
Universal Pictures
Este drama cuenta la historia de Lee Chandler, un fontanero que se ve obligado a regresar de Boston a su pequeño pueblo natal tras enterarse de que su hermano ha fallecido. Allí se encuentra con su sobrino de 16 años, del que tendrá que hacerse cargo, mientras que al mismo tiempo Chandler se siente destrozado interiormente debido a una tragedia de su pasado que ha mantenido en secreto durante todo este tiempo.

Nunca es sencillo construir un relato sobre la muerte sin caer en el melodrama tramposo de artimañas lacrimógenas. El director estadounidense Kenneth Lonergan lo consigue aquí recurriendo a un universo en calma, de paisajes hermosos y serenos y personajes dominados por una austeridad emocional que oculta un grito de angustia interior; un sufrimiento que solo explota en breves arrebatos de violencia y se alivia –tanto para los protagonistas como para el espectador– en fugaces ramalazos de humor y cotidianidad.

Manchester frente al mar gira en torno a Lee Chandler (Casey Affleck), un solitario conserje de Boston que recibe la noticia de que su hermano ha muerto. En ese momento descubre que el fallecido lo ha elegido como tutor legal de su hijo, por lo que debe volver a su pueblo natal para hacerse cargo de su sobrino Patrick (Lucas Hedges), un arisco joven de 16 años. Una vez allí, Lee debe afrontar los traumáticos hechos de su pasado, que le llevaron a separarse de su esposa y a abandonar su tierra. Es en este punto donde la muerte se mezcla con la culpa y el andamiaje de su alma, la de un hombre amargado y vacío por dentro, queda al descubierto.

Lonergan, que también es dramaturgo, dota al filme de un tono teatral, con un desarrollo más centrado en los diálogos y las relaciones entre personajes que en la acción. Poco pasa en el filme, y casi todo lo que sucede es en forma de flashback.

Lo que vemos en pantalla es la triste y a veces absurda realidad que rodea a los momentos más trágicos de la vida. Las gestiones necesarias para organizar un funeral, los abrazos en el velatorio, un entierro en el que el único llanto es el de un bebé... Y, sobre todo en el caso del joven Patrick, la extrañeza de continuar la vida diaria casi sin tiempo para asimilar la pérdida de un ser querido: ver a los amigos, quedar con su chica, arreglar un barco, seguir tocando con su grupo de música... Lucas Hedges, el actor que da vida al muchacho, demuestra ser la contrapartida perfecta para Cassey con un papel casi simétrico –el de un chico serio y poco expresivo que se niega a expresar su pena– que también le ha valido una nominación a los Óscar, en la categoría de mejor actor de reparto.

Junto a estos dos personajes, tan parecidos entre sí que parecen incapaces de encajar a pesar de su hermoso pasado en común, destaca Randi (Michelle Williams), la exmujer de Lee. Aparece poco tiempo en pantalla, pero cuando lo hace, resulta arrebatadora. Suya es una de las más estremecedoras escenas del filme.

Esta no es una película para todos los públicos. Reflexiva y contenida durante sus 135 minutos de metraje, puede hacerse insufrible para los espectadores más inquietos ("he estado toda la película esperando a que empezara", escuchó un servidor nada más salir de la sala). Ellos solo verán Manchester frente al mar, literalmente.

Para los pacientes, la recompensa es alta. Al principio te topas con un hombre seco e impasible, sin carisma, con el que resulta casi imposible empatizar. Pero, llegado cierto punto, la historia te atenaza el corazón y lo aprieta con fuerza hasta que las lágrimas asoman, la empatía se desborda hasta el dolor y sufres y lloras, y descubres que no podría haber injusticia más grande en los Óscar como que no premien a Cassey Affleck por su dramática y conmovedora interpretación en Manchester frente al mar.

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