Bajo el título de esta película se esconde uno de esos brillantes filmes independientes que logran hacerse un hueco destacado entre las grandes superproducciones de Hollywood.

Parte de la culpa es del prestigio de su director, Sean Baker, que ya ha destacado otros años con filmes como Tangerine, Starlet y Prince of Broadway. Pero, por encima de eso, está su talento, su habilidad para retratar con crudeza, realismo y humanidad a criaturas marginadas, a individuos de los estratos más bajos de la sociedad estadounidense, que rara vez se ven representados en los medios.

En The Florida Project, Baker pone el foco en el desconocido y desolador submundo que se desarrolla en los moteles de mala muerte que circundan DisneyWorld, en Orlando (Florida). Allí, a pocos kilómetros del "lugar más feliz de la Tierra", familias con escasos recursos sobreviven como pueden. Para comprender realmente esta realidad hace falta un poco de contexto: en EE UU está prohibido instalarse de forma permanente en uno de estos alojamientos, de modo que aquellos que no disponen de vivienda fija deben deambular de motel en motel, o de habitación en habitación.

En este entorno se desenvuelve la gran estrella del largometraje, la pequeña Moonee, una niña de 6 años vital, enérgica, revoltosa, traviesa y a menudo insolente –casi parece un personaje de Mark Twain– que se divierte y disfruta en plenitud del verano, junto a sus amigos, sin ser apenas consciente de la miseria que la rodea.

Buena parte de la película se muestra desde la perspectiva de Moonee (lo que a los espectadores españoles puede recordarnos ligeramente a la premiada Verano 1993) y demuestra dos cosas, lo increíblemente buena actriz que es Brooklynn Prince (digna merecedora de un Óscar, si la Academia no fuese tan reacia a las nominaciones infantiles) y la destreza de Baker a la hora de afrontar la complicada tarea de dirigir niños.

Su pericia dirigiendo a adultos ya la demostró antes, y aquí la corrobora, sobre todo con Bria Vinaite, quien da vida a Halley, la jovencísima y desastrosa madre de Moonee, un alma perdida que vive una constante huida hacia adelante. En torno a ella, multitud de personajes decadentes conforman un escenario triste, un agujero de pobreza y escasa o nula esperanza que el director consigue transformar en algo dinámico, cómico e incluso hermoso.

Baker, todo un experto en hacer brillar a actores no profesionales, ha contado en esta ocasión con una gran estrella hollywoodiense, Willem Dafoe. El actor da vida a Bobby, el gerente del motel donde viven Moonee y su madre (irónicamente llamado Magic Castle), una especie de encantador ángel de la guarda que vela por la paupérrima felicidad de sus clientes y la seguridad de los pequeños. Este maravilloso –y agradecido– papel, uno de los mejores de su carrera, le ha granjeado una nominación al Óscar a mejor actor de reparto.

Por otro lado, la atmósfera es absorbente, un universo artificial de habitaciones de motel, tiendas horteras y edificios aislados entre carreteras de paso que transmiten una sensación casi física de suciedad, soledad y desesperanza.

Es prácticamente imposible que un filme como este reviente taquillas, pero también es prácticamente imposible que, tras verla, alguien salga decepcionado del cine.