Dice Bill Viola (Nueva York, 1951) que la creatividad "no es propiedad de los artistas, es un elemento básico del carácter humano, no importa la cultura en que se encuentre, donde estés en la Tierra o en la historia". Quizás por esta razón, porque reconoce el carácter innato de lo creativo en cada ser humano, su impactante obra audiovisual conecta de forma tan directa con todo tipo de espectadores en cualquier rincón del mundo.

Viola asume que las emociones "son clave en muchos aspectos de la vida" y ha dedicado toda su vida a explorar a través de sus video instalaciones temas tan universales como la vida, la muerte, el significado de nuestra existencia y la relación entre el tiempo y el espacio. "Los seres humanos son criaturas increíbles. Podemos entender cosas de formas múltiples, entendemos que nuestras vidas son cortas, a veces demasiado. Mi obra es una suerte de viaje a través de la vida con el conocimiento de que no somos eternos", confesaba en el 2014 con motivo de la impresionante exposición que le dedicó entonces el Grand Palais de París.

Este verano tenemos la gran suerte de poder acceder a su obra sin salir de nuestro país. Y decimos suerte, porque ver su trabajo una vez en la vida debería ser una asignatura obligatoria para cualquiera de nosotros. El Museo Guggenheim de Bilbao cumple 20 años y lo celebra con una gran retrospectiva que profundiza, a través de un recorrido temático y cronológico, en sus más de 40 años de trayectoria.

A la vez, quién mejor que Viola para analizar, de paso, la evolución y consolidación como disciplina del videoarte gracias a las técnicas audiovisuales que se han ido incorporando a lo largo de estas décadas. Para ello, el museo pone a nuestro alcance tanto sus primeras cintas monocanal elaboradas en la década de los 70 como las instalaciones monumentales desarrolladas a partir del nuevo milenio. Entre éstas destaca, por ejemplo, la titulada Avanzando cada día (Going Forth By Day, 2002), un encargo del Deutsche Guggenheim de Berlín y su producción de mayor envergadura hasta la fecha. Dividida en cinco grandes proyecciones de vídeo en alta definición e inspirada en el Libro de los Muertos egipcio, su puesta en marcha se asemejó en muchos aspectos a la realización de una película de cine ya que requirió de director de fotografía, productores, especialistas en efectos especiales, ingenieros de sonido, numerosos extras y especialistas en escenas peligrosas.

Entre el misticismo, la poesía y la filosofía

Mi obra es una suerte de viaje a través de la vida con el conocimiento de que no somos eternos

Pero volvamos a los años setenta. La retrospectiva del Guggenheim, nos retrotrae hasta el punto de partida de un artista que se formó en el programa de Estudios Experimentales de la Universidad de Siracusa (Nueva York) y aprendió de maestros del Media Art como Peter Campus o Nam June Paik. Viola decidió entonces utilizar las posibilidades técnicas que le ofrecía el vídeo para hablar de los temas que como ser humano le inquietaban: el misticismo, la poesía y las filosofías occidentales y orientales. Su poesía visual o pintura en movimiento, como queramos llamarle, no ha hecho más que perfeccionarse y sofisticarse con el paso de los años pero sus inquietudes como persona y artista están presentes desde aquellos primeros experimentos como Cuatro canciones (Four Songs, 1976) o El estanque reflejante (The Reflecting Pool, 1977-79).

En la década de los 80 entra en escena Kira Perov, su esposa y una de sus colaboradoras más estrechas hasta la fecha. Juntos reunirán imágenes que se utilizarán en piezas para ser transmitidas por televisión. Emplea la cámara y objetivos especiales para capturar el paisaje y grabar imágenes de lo que normalmente se encuentra más allá de nuestra percepción.

Esta etapa dará paso a las instalaciones de los 90, que ya sí ocupan salas enteras e invitan al espectador a dejarse llevar por el poder evocador de las imágenes y el sonido. En esta época encontramos piezas tan conmovedoras como Cielo y Tierra (1992), que ahonda en el ciclo de la vida y en la que Viola mezcla imágenes de su madre en su última semana de vida y su hijo pocos días después de nacer. "En esta pieza la vida y la muerte se reflejan y se contienen la una a la otra", dirá.

El nuevo milenio y la pantalla plana

En Cielo y Tierra ahonda en el ciclo de la vida y mezcla imágenes de su madre en su última semana de vida y de su hijo pocos días después de nacer

Tres años después produciría El saludo (The Greeting) (1995), una obra que marca un antes y un después en su carrera ya que fue la primera realizada en un plató construido ex profeso y con actores y equipo técnico profesionales. Con ellos rodó una escena inspirada en el cuadro manierista de Pontormo La Visitación (1528-29), que añade además la innovación del formato vertical (lo que permite admirarla como si fuese un cuadro) y el empleo de la cámara superlenta, lo que ofrece detalles espectaculares del lenguaje corporal y movimientos de las protagonistas. La muestra impactó en la Bienal de Venecia cuando fue presentada.

El salto cualitativo llegará con el nuevo milenio y las inmensas posibilidades que ofrece la pantalla plana y la alta definición. El artista comienza a producir piezas de pequeño y mediano formato en una serie que tituló Las Pasiones. De esta época son trabajos como La habitación de Catalina (Catherine's Room), Cuatro manos (Four Hands) o Rendición (Surrender), todas de 2001. Cuatro años después llegarán dos piezas maestras concebidas en un principio para acompañar una espectacular producción de la ópera Tristán e Isolda y relacionadas profundamente con la muerte. Mujer de fuego es "una imagen proveniente del ojo de la mente de un hombre moribundo", mientras que La ascensión de Tristán "describe la ascensión del alma hacia el espacio tras la muerte", explica Viola.

El recorrido finaliza por sus obras monumentales, para las que suele emplear numerosas pantallas o proyecciones murales. Ocurre en Capilla de las acciones frustradas y los gestos fútiles (The Chapel of Frustrated Actions and Futile Gestures, 2013) compuesta por nueve pantallas dispuestas en tres filas horizontales; o bien Los soñadores (The Dreamers, 2013) formada por siete pantallas verticales, cada una de las cuales representa a una persona sumergida en el río. En definitiva, toda una experiencia para los sentidos y una fuente de inspiración y reflexión que podrá degustarse hasta el próximo 9 de noviembre.