Rocío disfruta de un pastel sin gluten comprado en una tienda especializada.
Rocío disfruta de un pastel sin gluten comprado en una tienda especializada. JORGE PARÍS

Rocío mira de reojo una apetitosa porción de tarta que nos observa, expectante, desde la mesa. Ha aprendido desde muy pequeña a saber qué puede y qué no puede tomar, pero a pesar de que su convencimiento es firme, confiesa que de cuando en cuando le gustaría poder comer como cualquier persona normal.

En realidad, para ella es más fácil que para otras personas que también tienen celiaquía; la suya le fue diagnosticada cuando aún no contaba dos años de vida, así que, anímicamente ha sido más fácil prescindir del gluten en su dieta porque apenas lo ha probado. "Cuando era pequeña y alguien me ofrecía una chuchería, yo decía que no podía tomarla, pero insistían", cuenta. "La gente creía que era porque no me dejaban, pero en realidad era porque no podía", matiza.

Con semejante convicción y una pizca de carácter, Rocío ha sabido desenvolverse en un entorno que, desde luego, no fue diseñado para ser celíaco. Siempre con el tupper a cuestas, y tal vez con algo que picotear en el bolso, admite que "en realidad, llevar una dieta sin gluten es mucho más fácil de lo que parece". Nunca pudo quedarse a comer en el cole, porque antes casi nadie asumía la responsabilidad que supone garantizar una dieta 100% libre de gluten, pero "ahora, en el día a día no hay mucha diferencia, solo hay que tener unos hábitos y saber las marcas que puedes consumir, aunque conviene siempre revisar el etiquetado porque algunos productos cambian su composición".

Cuando era pequeña y alguien me ofrecía una chuchería, yo decía que no podía tomarla, pero insistían"

Diplomada en Magisterio de Educación Especial y musicoterapeuta, Rocío nos acerca a la realidad del celíaco de una forma tan didáctica que apetece sugerirle que se dedique a enseñar a los niños recién diagnosticados los hábitos correctos. "Es una buena idea –admite–, aunque en Madrid eso lo hace la Asociación de Celíacos", que "nos acogió y nos mimó", puntualiza Toñi, de 48 años, madre de Rocío y con celiaquía diagnosticada desde los 36.

En casa, madre e hija son celíacas, así que buena parte de la comida que consume toda la familia está libre de gluten. "El problema principal no está en los productos en sí, sino en la contaminación cruzada entre alimentos –cuenta Toñi–, así que no uso pan rallado ni harina con gluten". Incluso, si alguien que ha estado en contacto con el gluten mete los dedos, por ejemplo, en el salero, "abrimos un paquete nuevo de sal", revela Rocío. Ella lo tiene claro, no admite ni una sola concesión: "No permito ni siquiera que me pasen el pan por encima de mi plato. Para mí el gluten es como un veneno; si tolerara una pizca cada día, sería como si gota a gota estuviera envenenándome".

Sin embargo, detrás de toda esta asombrosa presencia de joven responsable –aunque con un cariz muy dulce–, consciente y comprometida con su condición de celíaca, asoma tímidamente en Rocío una chispa de emoción que nos recuerda que, en el fondo, nunca pudo comer como los demás niños cuando nos cuenta que no le fue posible "probar el embutido ni las pipas hasta hace apenas cinco años": "La primera vez que pude comer fuera de casa una magdalena sin gluten, bonita, rica y que no traía en el bolso, se me caían las lágrimas".