Avi Aryaan con su novio Adrián y unos amigos de Fiyi en Granada.
Avi Aryaan (segundo por la izquierda)  con su novio Adrián y unos amigos de Fiyi en Granada. CORTESÍA

Más de 300 islas, playas paradisíacas, clima suave, calma, relax... todo lo que uno puede pedir cuando le dicen a dónde le gustaría irse de vacaciones, perderse, desaparecer. Una imagen que llena la mente de palmeras, aguas cristalinas, arena blanca y sol. Avi Aryaan tenía todo esto y más pero, a finales de 2016, se subió a un avión y lo dejó todo atrás.

Avi llegó a Europa en septiembre de 2016, a Lisboa, donde recaló de la mano de su novio luso, al que conoció en Fiyi. Llegó, como tantos, en busca de trabajo y un cambio de aires. Se casó y poco después, en diciembre de ese mismo año, el matrimonio recaló en Madrid.

Desde entonces este hombre de 31 años es uno de los poco fiyianos que viven en España, 9 según los últimos números del Instituto Nacional de Estadística (INE), una de las nacionalidades que ocupan el final de la tabla de residentes en la que aparecen nombres de países tan 'extraños' a los oídos patrios como Samoa, Vanuatu, Tonga, Brunei, Djibouti, Nauru, Kirtibati o Islas Marshall. Naciones acompañadas de cifras de residentes de un solo dígito. Son gente sin paisanos cerca.

La llamada del empleo no tardó en sonar, pero lejos de la capital. A Ari le ofrecieron un empleo como responsable de seguridad y calidad en el aeropuerto de Málaga y no se lo pensó. En Fiyi trabajaba en el aeropuerto de Nadi, su ciudad, el principal del país y donde conoció a su pareja portuguesa. La oferta laboral desde Andalucía solo tenía un inconveniente: por entonces no se defendía "nada bien" en castellano.

La decisión de irse a vivir a Torremolinos no fue la mejor de cara a mejorar sus conocimientos de español. "Es una ciudad llena de ingleses y todo el mundo habla inglés", cuenta. Así que, sin pensarlo, alquiló un apartamento en Cártama, una pequeña localidad a 20 kilómetros de Málaga y su capacidad comunicativa se disparó.

Ya divorciado, además, encontró a su actual pareja, Adrián, profesor de inglés, y la tristeza de estar a más de 17.000 kilómetros de la familia y lo conocido fue quedando atrás. Su país tiene tan poca relación con España que la representación diplomática más cercana a la que Avi puede acudir es el consulado que existe en París. Si hablamos de embajadas hay que irse hasta Bruselas.

Establecido en este rincón malagueño Avi se encuentra feliz y cada vez más adaptado. "Me encanta la gente y el clima que hace aquí y la comida, mucho, sobre todo los espetos y los platos como el puchero". Originario de una pequeña isla en la enormidad del océano Pacífico adora la playa, costas de las que la provincia de Málaga va sobrada y que le ayudan a sobrellevar la nostalgia.

Otro de los aspectos que más le atraen de España es la normalidad con la que puede vivir su homosexualidad. En Fiyi "no pude haber hecho lo mismo", asegura y reconoce que las dificultades para expresarse tal y como es fue uno de los "motivos principales" que le llevó a dejar su país.

Sin embargo, echa de menos su tierra. Las visitas de algunos amigos en los últimos meses han sido una alegría, pero la familia siempre se añora. A pesar de haber regresado a Nadi unas semanas en 2017, no ha podido volver a pisar los paisajes que le vieron nacer. Esta situación ya tiene fecha de caducidad: por el 60 cumpleaños de su madre en 2020 ya lo tiene todo preparado.

Es difícil que diga algo en contra de las costumbres o la cultura española, pero su hábito fiyiano de cocinar con leche de coco hace que "la costumbre" de los españoles de "echar mucha sal a la carne le llame la atención. Tampoco le atrae mucho el "exceso de salsas" que dice que hay en la comida. Avi prefiere el picante y le gustaría poder cocinar alguna vez como lo hacen en su lejano país, en un agujero en la tierra donde se introduce la carne y se tapa para ahumarla.

Situaciones que los nacionales de la parte alta de la tabla de residentes ni siquiera se imaginan. Marroquíes, rumanos, chinos o ecuatorianos son fáciles de ver en cualquier ciudad y sus negocios, llenos de productos autóctonos, salpican los barrios.

Son ese tipo de cosas específicas de cada país, de cada cultura y que muchas veces son difíciles de explicar a los que no son compatriotas. Entre decenas de miles de paisanos compartiendo país de adopción es mucho más fácil encontrar a alguien con quien conversar de aquellos lugares comunes que quedaron atrás. Con Avi son 9 los fiyianos que residen en España. No tiene contacto con ellos pero dice que le "encantaría". Mientras tanto, seguirá en su pueblo malagueño con Adrián. Porque eso sí que lo tiene claro: "yo me quedo aquí viviendo con mi novio".