Hugo Sánchez
Hugo Sánchez. PANINI

No es habitual que un futbolista pase del Real Madrid al Atlético, o viceversa. Salvo que se apellide Llorente, claro. Es el caso de Marcos, el último de la saga, una de las perlas de la cantera de Valdebebas y, desde este jueves, jugador rojiblanco. Lo fue también de su padre, Paco, que en 1987 recorrió el camino inverso: del Vicente Calderón al Santiago Bernabéu.

“Del Atlético al Madrid no se va”, decía en 2012 Thibaut Courtois, entonces portero del Atlético, en una entrevista concedida a Sportyou. Y, en cierto modo, lo cumplió, ya que su fichaje por el eterno rival tuvo lugar seis años después, pero previo paso por el Chelsea. Algo similar sucedió en enero con Álvaro Morata, también con escala en Stamford Bridge.

Del Atlético al Madrid, generalmente, no se va, pero la historia ha dejado numerosas excepciones desde Juan de Cárcer y Disdier, que fue portero de ambos hace ya más de un siglo: merengue de 1911 a 1915 , colchonero entre 1916 y 1918.

Las siguientes décadas dejaron otro puñado de nombres, conforme el fútbol evolucionaba y se iba forjando la rivalidad: Gomar, Belaunde, Sansinea, Mengotti, Moraleda, Rubio, Triana, Lazcano, Cosme, Olaso, Ochandiano, Ordóñez, Ipiña, Marín, Bracero, Pazos, Montejano, Pérez Payá... Así hasta llegar a los sesenta y dar con Ramón Grosso, abuelo materno del propio Marcos Llorente, que hizo casi toda su carrera en el Real Madrid (de 1964 a 1976) tras unos meses cedido al Atlético.

Estos cambios de acera comenzaron a resultar más conflictivos en los ochenta, en especial con el mexicano Hugo Sánchez. Tras cinco años en el Atlético, se convirtió en el goleador del Real Madrid que conquistó cinco Ligas seguidas, cuatro de ellas con él como ganador del trofeo Pichichi.

Tras llegar a la presidencia en pleno ciclo triunfal de la Quinta del Buitre, Jesús Gil se prometió arrancar a los blancos a alguna de sus estrellas, aunque tan sólo pudo hacerse en 1991 con el delantero Sebastián Losada, que no funcionó. Su homólogo Ramón Mendoza había fichado del Atlético en 1989 a Joaquín Parra.

Frente a estos fichajes de perfil bajo, en 1990 Gil dio la campanada al contratar a Bernd Schuster, al que el Real Madrid había dejado escapar. El centrocampista alemán, que fue decisivo en la final de Copa que el Atlético ganó al Madrid en el Bernabéu en 1992, se convirtió en el primer jugador en vestir la camiseta de los dos grandes de la capital y del FC Barcelona, algo que en 1995 igualó Miquel Soler.

En los noventa los trasvases fueron más habituales, especialmente con jugadores de cantera: Caminero, Esnáider y García Calvo llegaron al Atlético y el Real Madrid se aprovechó de que Gil había desmantelado las categorías inferiores para hacerse con la joya: Raúl, futuro icono del madridismo.

En los primeros años del siglo mudaron de piel dos jugadores extranjeros: Santiago Hernán Solari (un año en el Atlético y cinco en el Madrid, al que entrenó durante tres meses la última temporada) y el brasileño Rodrigo Fabri (temporada 2003/04 en el Atlético tras un paso aún más fugaz por Chamartín en la 98/99).

Los últimos casos, junto a los mencionados Courtois y Morata, son los de José Manuel Jurado, el malogrado José Antonio Reyes, Juanfran Torres y Theo Hernández. Juanfran, que creció como extremo madridista y se reconvirtió en lateral atlético, pasará a la historia vinculado a los dos equipos -muy a su pesar- por su fallo en la tanda de penaltis que coronó al Real Madrid campeón de Europa por undécima vez, en 2016.