Lewis Hamilton
Lewis Hamilton, campeón del mundo de Fórmula 1 en 2018. Mercedes AMG F1

Lewis Hamilton ya se puede sentar a la mesa de los más grandes de la historia de la Fórmula 1. El británico, tras culminar una gran actuación en el segundo 'match ball' que tuvo, en el GP de México, tras quedarse corto en el GP de Estados Unidos. El británico necesitaba sólo un séptimo puesto en el Autódromo Hermanos Rodríguez para sumar los puntos suficientes para ser proclamado el mejor de la temporada 2018 y, por tanto, campeón del mundo por quinta vez en su carrera deportiva.

Ganar cinco mundiales en cualquier deporte es algo harto complicado: en la Fórmula 1 sólo dos leyendas del máximo nivel lo han conseguido: Juan Manuel Fangio y Michael Schumacher. El 'kaiser', hoy postrado en cama, llegó a superar esta cifra hasta los siete, que es la barrera que tiene ya el propio Hamilton en mente para un futuro no muy lejano.

Los números hablan por sí mismos: 81 poles, 71 victorias, 132 veces en el podio... Y todo con 33 años, que casualmente es la misma edad que tenía Schumacher cuando llegó a los cinco títulos que Fangio consumó con 46 primaveras a sus espaldas. Distintas épocas, pero todos bajo una premisa: fueron los grandes dominadores, merced a una comunión perfecta entre máquina y piloto, especialmente en los dos casos más recientes.

Pero Hamilton tiene una vida tan intensa o más fuera de la Fórmula 1 que dentro. Este joven de Stevenage se ha convertido en un adalid de la moda, y darse un repaso por su instagram para ver un auténtico catálogo de las últimas tendencias de moda masculina, de coches de última generación y de una vida ostentosa que en nada se parece a sus humildes orígenes. Presume de amistades entre lo más granado de la 'jet mundial': desde Justin Bieber, pasando por Donatella Versace o Nicki  Minaj, con quien ya protagoniza páginas del papel 'couché'.

Hamilton está exprimiendo al máximo cada segundo de su vida, consciente de que los millones que le pagan (cobra más que nadie en el paddock de la Fórmula 1) son por jugarse la vida. Pero no por ello renuncia a una profunda vida interior.

Más allá de sus tatuajes, sus cadenas, su carísima ropa o sus estrafalarios peinados, Hamilton tiene un compromiso espiritual que exhibe cada vez que tiene ocasión. A veces, esa cercanía a Dios le hace rozar un paroxismo místico que convierte su presunta fe en una teatralización con la que configurar un personaje por encima de la persona. Siempre se siente "bendecido", sea dando un paseo con sus bulldogs Roscoe y Coco, sea con sus sobrinos pequeños o en una fiesta con los raperos de moda.

Tampoco su día a día es normal. Los cocineros de Mercedes tienen que prepararle menús especiales que se adapten a sus preferencias: es vegano convencido desde hace un tiempo y se niega a comer nada que provenga de origen animal.

Sus más allegados apuntan a que esta curiosa forma de vida es también clave para que sus éxitos deportivos le acompañen. Su disciplina es todo lo contrario que espartana, sino que apuesta más por un hedonismo que parece impropio de un atleta de primer nivel, lo que en parte fue uno de los motivos para salir de McLaren. Cuanto más se aleja de una vida monacal, mayores son sus éxitos. En Mercedes lo saben, lo disfrutan y lo potencian.

Hamilton tiene un estilo único, propio e inconfundible. Lejos está aquel chaval tímido que se escondía tras su padre y le iba con cuentos a su jefe Ron Dennis porque se sentía celoso de Fernando Alonso, con quien comparte hoy una gran relación basada en el respeto mutuo. Lejos queda aquel polémico chico que vino a revolucionar el paddock y que hoy, más de una década después, se ha confirmado como uno de los más grandes de todos los tiempos.