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Juegos secretos

Juegos secretos - Cartel
Título V.O.
:
Little children
Año de producción:
2006
Distribuidora:
Tristar Pictures
Género:
Drama
Clasificación:
No recomendada menores de 13 años
Estreno:
9 de febrero de 2007
Director:
Todd Field
Guión:
Todd Field, Tom Perrotta
Música:
Thomas Newman
Fotografía:
Antonio Calvache
Intérpretes:
Noah Emmerich (Larry Hedges), Jennifer Connelly (Kathy Adamson), Kate Winslet (Sarah Pierce), Gregg Edelman (Brad Adamson), Patrick Wilson (Brad Adamson), Jackie Earle Haley (Ronald James McGorvey), Phyllis Somerville (May McGorvey), Ty Simpkins (Aaron Adamson), Sadie Goldstein (Lucy Pierce)
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Fotogramas de la película

Sinopsis

En un barrio aparentemente convencional, las historias de una serie de personajes se cruzan de manera sorprendente en el intento por encontrar su propia identidad. En esa lucha por hallar un lugar en el mundo, los deseos sexuales y las infidelidades reflejan las verdaderas emociones que se esconden tras la tranquilidad familiar. El peligro llega cuando la violencia y el miedo al qué dirán comienzan a dominar todas las relaciones. Unas relaciones cuyo hilo conductor siempre es la figura materna. Basada en la novela homónima de Tom Perrotta, Todd Field dirige este melodrama satírico sobre las relaciones humanas. Field, nominado al Óscar en 2001 por "En la habitación" (su primer largometraje), se unió con el autor de la historia original para realizar un guión con algunos cambios respecto al libro. La ya consolidada Kate Winslet (The Holiday, Descubriendo Nunca Jamás) es la cabeza visible de un reparto en el que también encontramos a Patrick Wilson, conocido por su papel en la versión cinematográficade "El fantasma de la ópera". Otros de los actores a destacar en la cinta son la oscarizada Jennifer Connelly, que recientemente ha estrenado "Miss Potter", y Noah Emmerich, consagrado tras su debut en "Beautiful Girls".

Crítica

Desde una inmediatez prácticamente tangible Todd Field, que llegó a soñar con colarse en el mercado de estatuillas hollywoodienses del próximo 25 de febrero, despliega zanjas en la cotidianeidad envenenada de un par de familias medioburguesas desnudando la intimidad pervertida de una madurez ruinosa, que no resiste a aguantar los asedios de la inflexible rutina sino es a base de mentiras y rendiciones. Es el mismo universo entumecido de aquella impecable normalidad dinamitada por la tragedia que daba cuerpo a la notable En la habitación, otra inmersión sin frenos en los alrededores viciados de una familia inevitablemente disfuncional, que delata una sensibilidad, la de Field, inquieta y ávida de fotografiar los demonios invisibles de la edad adulta, la tensión irrespirable de la ruptura. Juegos secretos plantea una dualidad de perspectivas, la del adulto desbordado por la responsabilidad de hacer camino y asolado por los múltiples rostros del miedo, y la de los niños, espectadores distantes de esasarenas movedizas y víctimas de la confusión de identidades, la crisis de la madurez de sus padres y su enfermiza búsqueda de demonios con cuernos y rabo para exorcizar sus respectivos vacíos emocionales. Field propone, otra vez, una brillante película de personajes, de dependencias malogradas, engaños y autoengaños, dando cuerda a la autonomía generosa de sus actores que regalan un recital colectivo de grandísima altura con Kate Winslet y un fantástico Patrick Wilson a la cabeza, como columna vertebral del apasionante desfile de fantasmas. Juegos secretos hace mella por la humanidad ejemplar que encierran sus idas y venidas, por el ensamblaje modélico de la excelente pluma de Tom Perrotta (autor de la novela original y co-guionista) y la sobria visualización del texto que propone el director, que maneja los tiempos progresivos del crescendo para, a la postre, reubicar a todas sus criaturas en una armonía amarga y decadente que alumbra los límites de un falso happy ending. Y es en esa encrucijada de desenlaces agridulces pero discretamente luminosos, en los que se adivina, a pesar de todo, luz al final del túnel, donde Juegos secretos se traiciona a sí misma y propone concesiones. Field moldea además un monstruo cinematográfico a imagen y semejanza, pero en el mundo de los adultos, del misterioso Robert Duvall de Matar un ruiseñor de Robert Mulligan, que da más miedo por intransigencia defensiva que su sombra proyecta en el rostro de sus temerosos vecinos, que por la propia demente naturaleza de sus escalofriantes patologías y desgracias. Un espectro, un semblante tangible del miedo que experimenta, por cortesía del guión de Field-Perrotta, una redención trágica excesivamente complaciente. Un traspiés que desestabiliza la admirable cohesión global del edificio que, no obstante, revela holgadamente su condición de cine adulto serio, intenso y frecuentemente brillante.

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