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The libertine

The libertine - Cartel
Título V.O.
:
The libertine
Año de producción:
2004
Distribuidora:
Aurum
Género:
Drama
Clasificación:
Pendiente por calificar
Estreno:
12 de abril de 2006
Director:
Laurence Dunmore
Guión:
Stephen Jeffreys
Música:
Michael Nyman
Fotografía:
Alexander Melman
Intérpretes:
Samantha Morton, Johnny Depp, John Malkovich, Tom Hollander, Jack Davenport, Richard Coyle, Rosamund Pike, Kelly Reilly, Johnny Vegas, Rupert Friend
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Fotogramas de la película

Sinopsis

Durante la Restauración, en el Londres de 1660, mientras se asentaban las bases del mundo tal y como lo conocemos hoy en día, un joven y atractivo noble mantiene escandalizadas a las más altas esferas gracias a sus sorprendentes escritos, su libertina forma de vida y a su lasciva personalidad. Confidente del Rey Carlos II, su descenso comienza cuando se enamora de la joven Elizabeth Barry, una relación que supondrá toda una ruina en la vida del exitoso Conde. Johnny Deep parece haberle cogido el gusto a los trajes de época, y tras "Piratas del Caribe" se mete en la piel de este irreverente noble del siglo XVII. El debutante Laurence Dunmore, procedente del mundo de la publicidad y el videoclip, realiza este film basado en la vida de John Wilmo, Conde de Rochester, todo un símbolo de revolución y rebeldía que vivió como una estrella del rock actual, en el año 1600. La historia cuenta con una versión teatral del mismo título estrenada en los escenarios londinenses y posteriormente en los de Chicago, donde llegaría con John Malkovich en el papel principal. El actor, fascinado por el personaje, decidió producir el film en el que se reservó el papel del Rey Carlos II. La joven por la que el Conde de Rochester pierde los papeles, que cuenta con numerosos y brillantes relatos y poesías y que murió con tan solo 33 años, está interpretada por Samantha Morton (Minority Report).

Crítica

Advierte Rochester/Johnny Depp en el prólogo de la cinta, que dista de ser un personaje ejemplar, que es más bien un hedonista despreciable y que no va a agradar absolutamente a nadie. El problema dos horas después es que ni agrado ni desagrado, ni aprecio ni desprecio, más bien la más absoluta de las indiferencias por las idas y venidas de este depravado asaltacatres, mala hierba con talento, se supone, para el verso. Laurence Dunmore, director, y Stephen Jeffreys, guionista y autor de la obra teatral en que se inspira la película, no consiguen convencer de que la vida y milagros del despreciable Conde de Rochester, merezcan ser contadas o cantadas, que su legado libertino-artístico sea detonante con fundamento para rellenar dos horas de celuloide o ciento veinte páginas de guión. Ni Jeffreys sabe hacer del personaje un prototipo de seductora antipatía, que es lo que se pretende, ni Dunmore despertar curiosidad por su verborrea posibilista de bon vivant atormentado en el fondo y mártir intelectual, se supone, de su época. The libertine vive de la semántica del escándalo pero es sorprendentemente timorata. Habla de sexo pero no lo muestra, diserta sobre los placeres de la carne, pero no los disfruta. En ese sentido el filme no sabe predicar con el ejemplo ni poner en imágenes su incendiaria retórica erótico-festiva. Mucho ruido, vaya, y pocas nueces. Pero lo peor no es semejante incoherencia teórico-práctica, sino las impenetrables espesuras de un relato que ni mueve ni conmueve. Detrás de los deslumbrantes atavíos barrocos y de la fabulosa fotografía tenebrista de Alexander Melman, The libertine es un monumental vacío que necesitaría, como mínimo, una hora más para ser algo con pies y con cabeza. No hay elipsis sino zanjas, no personajes sino sombras en la pared de tipos potencialmente apasionantes, mutilados por la bisoñez de una puesta en escena que es todo pompa, pero que adolece de temperaturas árticas. Las andanzas de Rochester, fragmentarias al punto de carecer de una lógica argumental lineal propiamente dicha, no incitan más que al tedio, porque las emociones brillan por su ausencia en un drama que esboza mil personalidades pero no ahonda adecuadamente en ninguna. Meras siluetas decorativas con solemnes diálogos son los personajes que defienden Samantha Morton y Rosamund Pike (lo mejor de esta insípida ración de pelucones del XVI), que son, o deberían ser, el contrapunto femenino y sentimental del antihéroe, presunto donjuan, ideólogo del carpe diem profundamente orgulloso de su entrepierna que ladra más que muerde. Malamente contada y dispersa como poca mantequilla sobre demasiado pan, The libertine muere embriagada de pretensiones e incapaz de esbozar humanidad alguna bajo toneladas de coloretes, pelucas y fajas, sin dar siquiera pretexto sólido para ser juzgada como lo que pretende ser, porque su inoperante y atropellada narrativa no permite ni siquiera eso.

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