En los felices años de la bonanza económica, cuando llegó a haber 20 millones de españoles cotizando a la Seguridad Social, cuando el paro bajó del 8%, y cuando el precio de la vivienda se multiplicaba por minutos, la preocupación más extendida era que los jóvenes no conseguían empleos en los que pudieran cobrar más de mil euros. Fue entonces, antes de que la crisis empezara a mostrar sus primeros síntomas a finales de 2007, cuando se popularizó el término mileurista. Quien ganaba mil euros al mes era casi un paria de la sociedad, porque se le presumía incapaz de asumir el coste que suponía comprar o alquilar una vivienda. Hoy, llegados a 2018 y con la recuperación en marcha, ya quisieran muchos jóvenes conseguir un empleo con un sueldo de mil euros. Y sigue siendo muy caro comprar o alquilar una vivienda.

Los sueldos son el ejemplo más visible de la precariedad que se ha instalado en nuestro sistema laboral. Nunca ha habido en España tradición de mostrar respeto salarial por las capacidades profesionales de los trabajadores. Que haya ciudadanos con dos carreras universitarias, un master y dominio de tres idiomas que cobren 800 euros (e incluso mucho menos) es, como poco, una injusticia. Y, obviamente, un disparate en el que estamos instalados.

Existe la conciencia general de que las pensiones en España son casi míseras. Y en muchos casos lo son. Sin embargo, las pensiones han soportado la virulencia de la crisis mucho mejor que los salarios. Hoy, la pensión media es superior a los mil euros, mientras que un sueldo de mil euros es un privilegio para muchos.

Hace ya meses que determinados economistas, e incluso algunos empresarios, han empezado a expresar su convencimiento de que ha llegado la hora: los sueldos deben subir. Pero ese discurso apenas se ha trasladado a la realidad de las nóminas. Y, como contraposición a ese deseo, la patronal CEOE ha llegado a plantear lo conveniente que, en su opinión, sería que los contratos de formación se mantuvieran en vigor para personas con más de 45 años. El objetivo supuestamente bondadoso de esa idea sería recuperar para el mundo laboral a parados de larga duración con una cierta edad. Menos bondadoso podría ser el resultado de ampliar el precariado a todos los trabajadores, ya no sólo a los más jóvenes que consiguen su primer empleo.

Contrariamente a lo que opinan los populistas, no existen soluciones sencillas para problemas difíciles. Y este es un problema de muy difícil solución. Salir de la profunda crisis en la que estuvimos durante años no es algo que se consiga solo con desearlo. Pero quizá un impulso a los salarios permitiera a los trabajadores mejorar su calidad de vida y, como consecuencia, tener mayor capacidad de compra, gastar y ahorrar más, para generar así una actividad económica que pudiera resultar beneficiosa para todos.