¿El fin de la globalización?

JOSÉ MOISÉS MARTÍN CARRETERO. ECONOMISTA
Economista. CEO en Red2Red Consultores.
Economista. CEO en  Red2Red Consultores.
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Es un hecho: el comercio internacional ha dejado de crecer: el tráfico internacional de bienes y servicios se estancó en el primer trimestre de 2016 y bajó un 0,8% en el segundo trimestre, confirmando la ralentización que se produce desde el inicio de la crisis de 2008. El comercio internacional, que venía creciendo desde los años sesenta a mayor ritmo que el producto interior bruto, ha crecido, desde el inicio de la crisis, a una tasa equivalente al crecimiento del PIB Mundial. El flujo internacional de bienes se está paralizando, pese a los esfuerzos de los países del G20 por reanimarlo. Su debilidad es sólo uno de los síntomas del auge del nacionalismo económico, que desde el inicio de la crisis financiera internacional está resurgiendo con fuerza, no sólo en las disparatadas propuestas de Donald Trump, que pretende revertir o renegociar buena parte de los acuerdos de libre comercio firmados por Estados Unidos, sino en los debates abiertos en una de las principales potencias comerciales del mundo, la Unión Europea, que ha estado a punto de descarrilar el acuerdo con Canadá (CETA) y ha paralizado las negociaciones de la Asociación Transatlántico para el Comercio y las Inversiones, (TTIP), al tiempo que se enfrenta a un notable incremento de las posiciones nacionalistas y proteccionistas entre sus estados miembros.

Por su parte, la Organización Mundial del Comercio ha pasado de ser el factótum de la globalización a una organización desaparecida del escenario económico internacional. El futuro que se dibujaba con la apertura sin límite de mercados nacionales para facilitar el flujo de capitales, talento y bienes y servicios se encuentra viviendo sus momentos más bajos desde el final de la guerra fría. La falta de crecimiento de las economías desarrolladas y la bajada de los precios de las materias primas está debilitando el ritmo de crecimiento económico mundial y generando efectos perniciosos en las economías en vías de desarrollo. De manera paralela, el Fondo Monetario Internacional habla ya abiertamente de la conveniencia de restablecer los controles sobre las transacciones financieras internacionales, a fin de ofrecer ‘cortafuegos’ a la propagación de nuevos episodios de contagio en caso de nuevas crisis financieras internacionales.

Como explica Dani Rodrik, es posible que la globalización haya llegado demasiado lejos y no hayamos sido capaces de gestionarla adecuadamente. El sueño de un único mundo dirigido desde la gobernanza compartida de los países y las instituciones internacionales no ha dado los frutos que se esperaban y la reacción está yendo en la dirección contraria: vivimos un momento de auge del proteccionismo económico, que de momento se está centrando en los elementos más débiles –los inmigrantes- pero que ya plantea la necesidad de “proteger” la producción y los empleos nacionales frente a los extranjeros. Si el mundo se desplaza hacia una involución en materia de comercio internacional, las pérdidas económicas globales pueden ser dramáticas.

Por supuesto que buena parte de la mala fama que acarrean los acuerdos de libre comercio está legítimamente fundada: estos acuerdos han situado las clausulas sociales y ambientales en el cajón del olvido, y algunos han pretendido someter la soberanía nacional a cortes de arbitraje internacional cuya legitimidad es dudosa. Pero sería un grave error tirar el niño con el agua de la bañera: la alternativa a la globalización realmente existente no puede ser la vuelta al proteccionismo nacionalista, sino el rediseño de unas reglas de gobernanza de la economía internacional más justas y adecuadas, que sean compatibles con los 17 objetivos de desarrollo sostenible aprobados por Naciones Unidas en 2015. Lamentablemente este esfuerzo global exige un liderazgo compartido que a fecha de hoy parece poco previsible.

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