Cuando visité Maranello en 2014, me di cuenta de lo que ya me habían contado: ser ferrarista es una forma de vida. No es ser sólo aficionado a un equipo, como los hay del Real Madrid, de Los Angeles Lakers o de los Miami Dolphins (cuerdas fuera, muerte a Dan), sino que implica un compromiso ciego con lo que supone el escudo del Cavallino Rampante.

Por eso entiendo perfectamente a los que pitaron a Lewis Hamilton en el tumultuoso y caótico (como siempre) podio de Monza. Llevaban años sin poder estar tan cerca de celebrar una victoria de uno de sus pilotos, y a Hamilton le tienen muchas ganas. Es el rival a batir, el enemigo que hay que machacar y, por eso, hubo pancartas, cánticos, gritos y pitidos en su contra. Los tifosi, sean fans de Ferrari, del Milan o de Vincenzo Nibali, sólo entienden el deporte así.

Yo lo entiendo igual. Los valores deportivos no están reñidos con la más profunda inquina deportiva (nunca personal) hacia el contrario. Si eres del Real Madrid, nunca irás con el Barcelona o el Atlético. Si eres de los Lakers, nunca apoyarás a los Celtics. Y te alegrarás de que pierdan. Y querrás que pierdan. Es normal: se llama rivalidad y así debe ser, siempre que se entienda que esto es parte del juego y, como tal, nunca debe exceder los límites de la cordura.

Yo me considero ferrarista, por lo antes expuesto, y por eso me encanta ver cómo los tifosi le muestran su 'odio' a Hamilton, porque realmente no es tal: como bien recordaba Antonio Lobato entre los pitidos de los fans italianos, a Fernando Alonso también le tocó escuchar el sonido de viento cada vez que pisaba Monza, y después fue uno de los más vitoreados.

Por eso, los tifosi me representan. Porque los mismos que hoy estaban poniendo bonito a Hamilton y a todos sus ancestros, si en el futuro le ven con el escudo de Ferrari en el pecho, le aplaudirán hasta que les sangre las manos. Es la grandeza del ferrarismo. Y del deporte en general.