Por fin, después de muchos años, estamos teniendo un invierno como los de antes: largo, con lluvias, nieve y brumas que velan el paisaje de las ciudades, y en el que también abundan las jornadas frías pero soleadas, de luz deslumbrante. Y sucede que, lo mismo que hemos rescatado del fondo del armario prendas que teníamos casi escondidas (aquel jersey grueso que tanto calor nos daba, las manoplas quizá tejidas por nuestras madres, los gorritos de lana rematados en un pompón desflecado), también han vuelto a nuestros labios expresiones que hacía mucho que no empleábamos: «¡Vaya biruji!», dice alguien que camina encogido; «¡Hace un gris!», exclama otro, resguardándose del viento.

En un artículo del filósofo Paul B. Preciado publicado hace poco en Ara he leído el modismo «sol de uñas», que tenía olvidado y que, como las nevadas de estos días, me ha devuelto a la infancia. En realidad, Preciado no ha escrito su texto para hablar del clima: lo que cuenta (de manera muy sentida y elocuente) son sus pensamientos al regresar a su ciudad natal, Burgos, donde nació y creció como mujer, con el nombre de Beatriz, y donde ahora vuelve con aspecto masculino, llamándose Paul.

Preciado llega para cuidar a su madre convaleciente y se encuentra con el frío helador de ciertas personas del ámbito social familiar (pudiente, religioso y conservador) que se sienten incómodas con su nueva identidad, y también con el frío ambiental (que es el que nos interesa hoy). Escribe: «Bordeo el río Arlanzón [...] bajo un frío radiante que los castellanos llaman ‘sol de uñas’. Respiro un aire gélido, pero perfectamente limpio, que arrastra la ansiedad que se esconde en mi pecho».

Exactamente así es como recuerdo que utilizaban la expresión mis abuelos: se referían también a esos días claros, en los que entra la luz a raudales por las ventanas y que, sin embargo, son engañosos; luego el frío te recibe con un zarpazo en cuanto sales a la calle. El sol del invierno está de uñas, esto es, enfadado, al ataque, como si gobernara las garras con las que el viento nos araña. Yo, he de decirlo, adoro esos días tan limpios y tan ‘sanos’ (así los definían a menudo mis abuelos, convencidos defensores del efecto vigorizante del frío; lo que no les gustaba nada era que hubiera lluvia y viento. A estos días los calificaban de ‘criminales’; según lo escribo, recuerdo a mi abuela diciéndome: «Abrígate, que hace criminal», y me veo con pasamontañas, un abriguito impermeable y botas de hule).

Sin embargo, he descubierto que la expresión más común es ‘sol con uñas’, y que ni siquiera se refiere necesariamente a lo que acabo de describir. Para Sebastián de Covarrubias no tiene que ver con la temperatura y es una simple metáfora descriptiva del sol entreverado de nubes (‘nuvezicas’, dice él, con precioso diminutivo) que hacen que parezca que tiene uñas. Con este mismo sentido plástico lo recogió la Real Academia en 1739, aunque añadió el importante matiz de que las ‘nubecillas’ atenúan la fuerza del sol. En 1788, Esteban Terreros y Pando también incluyó en su diccionario ‘sol con uñas’, y lo definió como aquel sol al que «las nubes o aspereza del día hace que no se sienta su calor» (por tanto, también puede darse en un día despejado). En ninguno de estos diccionarios aparece ‘sol de uñas’, pero sí lo consignan en diversas obras Julio Cejador (1912) y Ramón Caballero (1942). En ambos casos se olvidan del frío como elemento definitorio y afirman que es ‘el sol medio nublado’ (vuelven las «nuvezicas» de Covarrubias, cuya influencia en los lexicógrafos es imponderable).

Por fin, Antonio Muñoz Molina también recuerda que en la Úbeda de su niñez llamaban ‘sol con uñas’ al «sol arisco de invierno que engaña un poco y en seguida saca unas uñas de gato».

‘Con’ o ‘de’ uñas, este es el sol invernal de mi infancia (áspero, arisco, felino, esplendente) con el que me encanta reencontrarme.