Las palabras van evolucionando, así que jamás se definen de una vez y para siempre (salvo aquellas que mueren y se fosilizan, pero incluso estas pueden resucitar: un término como 'arroba', por ejemplo, parecía que iba a desaparecer con nuestros abuelos y hete aquí que la informática lo ha convertido en bandera de la modernidad).

No hay diccionarios más apasionantes que los etimológicos, en los que se pueden rastrear la genética (a veces insospechada) de los términos más comunes y las relaciones entre vocablos que aparentemente no pertenecen al mismo campo semántico, como sucede con 'gladiador' y 'gladiolo' (las espadas de los primeros tenían la misma forma que las hojas de estas flores) o 'esfinge' y 'esfínter' (ambas remiten a "estrangular", que era la forma de matar favorita de las esfinges). Creo que no debe de haber oficio más entretenido y feliz que el de lexicógrafo. En los diccionarios se encierran verdaderas novelas secretas y vanguardistas, escritas con enorme inspiración (ahí están las obras maestras de Sebastián de Covarrubias, María Moliner o Joan Corominas) y no poco entusiasmo (otra palabra interesante, por cierto: 'entusiasmo', en su raíz, significa "estar inspirado por los dioses", con ese 'theós' griego casi escondido).

España se ha llenado estos últimos días de improvisados y entusiastas filólogos que han opinado sobre la pertinencia de 'portavoza', palabra que, evidentemente, está mal formada (pero como tantas otras en el idioma, algunas ya asentadas desde antiguo y tan felices) y que a muchos nos resulta chocante por desusada, pero a la que pronto nos acostumbraríamos si empezáramos a repetirla. Estoy seguro de que, llegado el caso, la amaríamos con todas sus rarezas, al igual que a 'claraboya' le perdonamos la extravagancia de que lleve una be de buey aunque su nombre procede del 'claro camino' (la 'clara vía') de la luz al atravesar los tejados (en francés, el idioma del que tomamos la palabra, escriben 'claire-voie').

Pese a lo dicho, no pienso fomentar el uso de 'portavoza' porque me parece una palabra innecesaria. 'Portavoz' se ha usado abundantemente en España para designar a mujeres, sin que fuera un término problemático, excluyente o incómodo para ninguna de ellas (ni siquiera para Irene Montero, quien, pese a la polémica, se sigue definiendo en Twitter como 'portavoz'). Me parece un error convertir esta palabra en un campo de batalla y en una supuesta forma de desenmascarar machistas, como algunos pretenden. ¿Qué pasa entonces con las personas que sigan diciendo 'la portavoz'? ¿Son menos feministas y menos sensibles a los derechos humanos que los defensores de 'portavoza', que se presentan a sí mismos como rebeldes, luchadores y progresistas? Por desgracia, empieza a haber ya cierta tradición de este tipo de lógica disparatada: ahí está el ejemplo de quienes reprochan airadamente que se emplee Gerona, Sangenjo o Fuenterrabía cuando se habla en español, como si fueran formas monstruosas, imperialistas y provocadoras.

Ya que nos ponemos a discurrir neologismos, a mí se me ocurren algunos que quizá sean más necesarios, como llamar 'portaboquilla' al portavoz (él o ella) que habla con la boca pequeña y disimula la verdad, o 'portabocazas' al imprudente y metepatas.

'Portavoz' es una palabra carente de carga sexista, que estaba tan tranquila en nuestro lenguaje común y corriente, sin meterse con nadie y sin presumir de la gran carga poética que lleva en su nombre. Frente a otros términos que incluyen 'porta' y que suelen referirse a objetos puramente materiales (portaaviones, portaequipajes, portamonedas, portafusil...), 'portavoz' convierte a una persona en mensajera de algo tan delicado como las palabras (y las ideas) ajenas, capaz de dar voz a quienes por diversas circunstancias no la tienen. Toda esa poesía se pierde, creo, si convertimos 'voz' en 'voza'.