No hay alegría en la escena, todos parecen derrotados, presos en esa habitaciónUn aire de pesadumbre domina el cuadro Escuela de Doloriñas de Julia Minguillón, pintado en 1940. Representa una escuela rural privada, regentada por la maestra Dolores Chaves. Sentados en bancas o de pie, rodean a la maestra varios niños y niñas de distintas edades. La profesora, una mujer madura, con aspecto cansado y digno, está sentada y posa sus manos sobre una mesa más doméstica que escolar (lo que da idea de que, quizá, Doloriñas impartía clase en una habitación de su propia casa). Las paredes están casi desnudas: no hay mapas ni láminas del cuerpo humano, ningún crucifijo preside la estancia y faltan también los retratos de Franco y de José Antonio, que eran casi inevitables en las aulas de la época. En estos despojados muros sólo hay una pequeña hornacina con una jarra blanca que parece sacada de un lienzo de Zurbarán y una ventana que deja ver una perspectiva de praderas y colinas gallegas (las de la parroquia de Vilapol, en Lourenzá, Lugo). Los alumnos parecen más meditabundos que estudiosos y permanecen ensimismados, envueltos en una atmósfera de misterio y silencio. El mayor de los muchachos (calzado con zuecos, espigado, a punto de entrar en la pubertad) escribe de pie en una pizarrilla que sujeta sobre su propio brazo. No hay alegría en la escena, todos parecen derrotados, presos en esa habitación. Y, pese a ello, hay algo reconfortante en el cuadro, sin duda por la gran dignidad y compasión con los que la pintora sabe recrear a los personajes o porque cualquier representación de una escuela nos habla de esperanza y de futuro.

Esta obra nos traslada inmediatamente a la posguerra española. Quizá por el aire laico de la pintura y por ese título afectuoso y llano de «Doloriñas» (nada de «Doña Dolores» o «Señorita Dolores») uno piensa que esa profesora es republicana (o lo fue: en 1940 nadie en España se atrevería a definirse así) y que sobrevive dando clases a esos muchachos de aldea cuyos padres pagan en especie cuando no tienen dinero (esto último no es una suposición literaria: así era la costumbre). La autora, Julia Minguillón, empezó a pintar la obra en otoño de 1940 y sabemos que recompensaba con galletas a los niños (y quizá, imagino, también a Doloriñas). La artista, gallega de nacimiento, se estaba recuperando en el pueblo de las secuelas que le dejó un parto malogrado en Madrid.

El cuadro pintado en tales circunstancias tuvo un destino sorprendente: participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1941 y ganó una medalla de primera categoría. Julia Minguillón se convirtió así en la primera mujer en tener tal reconocimiento. También fue la última: en toda la historia de las Exposiciones Nacionales (que se celebraron entre 1856 y 1968) ella fue la única artista que recibió una medalla de oro en cualquiera de sus categorías.

Julia Minguillón quedó pronto relegada en la consideración de cierta críticaPese a todo esto, Julia Minguillón no tiene la fama que merece: su pintura, siempre figurativa y vinculada a la tradición, quedó pronto relegada en la consideración de cierta crítica, que prefirió promocionar a autores más vanguardistas. Es significativo que Escuela de Doloriñas, que, según las bases de las Exposiciones Nacionales, debería haber formado parte de la exposición permanente del Museo de Arte Moderno, tras dar varios tumbos acabara en 1962 en el Museo Provincial de Lugo (y yo no lo lamento: en este museo lo consideran una de sus obras mayores y lo difunden con orgullo).

Ahora, quienes pasen por Madrid, tienen la oportunidad de contemplarlo. Hasta el 26 de septiembre se exhibe en el Museo Reina Sofía, formando parte de la estupenda exposición Campo cerrado, cuya comisaria es Mª Dolores Jiménez-Blanco. Esta muestra es muy ambiciosa y pretende reevaluar la producción artística en España durante el primer periodo del franquismo. Y una de las obras que más merece ser rescatada del olvido es este triste, humilde y hermoso cuadro que les recomiendo vivamente.