Mi teléfono

MÀXIM HUERTA. PERIODISTA Y ESCRITOROPINIÓN
Màxim Huerta, colaborador del 20minutos.
Màxim Huerta, colaborador del 20minutos.
JORGE PARÍS

Hay veces que me coloco delante del teléfono móvil y empiezo a mirarlo fijamente, tanto que llega a parecerme telequinesia. La magia esa que al parecer mueve objetos con la mente. Pero no se mueve, es la miopía que juega con las distancias y me marea porque sigo sin revisar la graduación. Lo miro diciéndole, te voy a apagar y me voy a poner a trabajar. Pero mientras intento concentrarme para darle a la tecla de 'apagado lo dejo encendido por si acaso. Pienso que si lo apago va a llegar la llamada de mi vida, el match perfecto o el whatsapp del año que revolverá el guión de mi existencia y convertirá el tedio en unas vacaciones soñadas en algún paraíso del hemisferio sur. De tanto mirarlo me imagino quién será el primero que llame: ¿Mi ex? ¿el gestor? ¿mi amiga? ¿la pandilla amazing? ¿mi madre? ¿la editora?

Le digo: "Puedo contigo, te miro y si quiero te apago, ¿sabes?". Pero no lo hago. Como si el bicho de Steve Jobs tuviera más fuerza que yo. El aparato, muy educado, no dice nada. Se queda quieto sobre la mesa -ni telequinesia, ni mandangas- y mantiene toda mi atención con la pantalla a oscuras. Pienso que se me va de las manos, que estamos muy pendientes el móvil. Digo estamos' porque no me voy a disparar un pie, el plural mayestático siempre quita un poco de cargo de conciencia.

Decido darle la vuelta. Es la solución. Ponerlo del revés. Si no veo la pantalla, no me entretengo. Esa es la hipótesis que realiza mi mente. Así puedo abrir el ordenador y no distraerme con el trabajo que tengo acumulado: una entrevista por mail, unas cartas por enviar y un reportaje de Venecia que he dejado entre el canal y la góndola. Pero no puedo. Digo, el bicho éste me puede. Le doy la vuelta de nuevo y acaricio el cristal como si hiciera corazones en el vapor de la ducha. Pongo mi contraseña y miro las redes y lo que no son las redes: el correo, el tiempo en Nueva York, las ofertas de vueling, casas monas de airbnb, el twitter de los políticos y sus fotos de perfil, las novedades de la Casa del Libro, los más vendidos, los likes del instagram, una mesa que puse a la venta en wallapop y ¡hasta la bolsa!

El móvil no dice nada, sigue mudo como Belinda. No ha habido llamadas. ¿Lo ves, podrías haberlo apagado y ya tendrías media Venecia escrita y dos cartas enviadas?

De tanto concentrarme para decidir si lo apago, me quedo sopa. Muertecito de sueño en el regazo de la infancia que tiene forma de manta de ganchillo que todavía no he quitado del sofá. Y cuando suena me pego un susto del demonio. Es del banco. Mi relación más duradera. Resulta que como hice nosequé gestión me dan a la opción de tener un móvil nuevo. ¿Otro? ¡Venga ya!

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