La moda de los clubes de ‘swingers’

LUCÍA ETXEBARRIA. PERIODISTA Y ESCRITORAOPINIÓN
Lucia Etxebarría. Periodista y escritora.
Lucia Etxebarría. Periodista y escritora.
20 minutos

A la mayoría nos cuesta mucho entender los comportamientos de los demás si nosotros nunca los haríamos. Por ejemplo, unos no comprenden que otros vayan a misa cada domingo y sin embargo ellos asisten al partido religiosamente. No deja de ser otro ritual de masas en comunión.

Yo, por ejemplo, no entendía por qué había gente que iba a clubes de swingers, porque a mí el sexo con completos desconocidos no me ha interesado jamás. Yo puedo por supuesto practicar sexo sin amor, pero tiene que ser con alguien que conozca muy bien, con un cómplice. Mientras que en un club de swingers tú llegas con tu pareja, hablas con otra pareja, tienes sexo sin más, y luego si te he visto ni me acuerdo.

Por no decir que si yo tengo una pareja estable por supuesto que estoy abierta a tríos y a lo que sea, pero siempre que surjan de una forma natural, en una fiesta, en un concierto, incluso paseando al perro en el Retiro, no en club de intercambio. Yo soy la sagitario típica. Me gusta conquistar, sentir que me trabajo las cosas, no que me lo dan hecho.

Pero estaba escribiendo un libro sobre poliamor y otras modalidades de relación sexo afectiva no monógama (se titula Más peligroso es no amar) y no me quedó más remedio que incluir los clubes de swingers en él.

Y sí, fui a clubes de swingers, claro. Y aprendí que en realidad las motivaciones de las mujeres que acudían allí no eran distintas de las mías.

Por ejemplo, la vanidad. Muchas mujeres me contaron que antes de ir no se sentían deseables. Como nos pasa a tantas en esta sociedad altamente consumista y narcisista en la que constantemente se nos hace sentir mal en cuanto nos sale celulitis o tripa o se nos cae el pecho, ellas se sentían mercancía con tara, fuera de mercado.

Pero en cuanto una pisa un club de swingers, lo digo por experiencia, inmediatamente percibe cómo todas las miradas del local se abaten sobre una, sobre todo si es la primera vez que lo pisa: ¡carne fresca! Porque en general los que van a esos locales suelen ser habituales y se conocen todos entre sí. A mí no me interesa gran cosa el sexo con desconocidos, pero me di cuenta de que sí me gusta sentirme deseada y mirada.

La segunda, la curiosidad, el voyerismo,el ver cómo otras personas practican el sexo. Creo que es una fantasía que quien más quien menos todos hemos tenido. Más que nada para ver que las demás tienen las tetas caídas como nosotras, y la misma tripa y la misma celulitis, y son igual de torpes y tampoco saben mantener las piernas en perfecto ángulo recto durante más de tres minutos sin agotarse.

La tercera, la sensación de control y de dominio. El sentirse en un espacio de seguridad en el que sabes que puedes decir no tranquilamente y sin temor a represalias. Eso es algo de lo que las mujeres, desgraciadamente, no solemos disfrutar.

Las razones de los hombres me parecían mucho más lógicas y creo que no tendría ni que explicarlas. Era algo así como un mercado de carne. Traigo aquí a mi churri y la intercambio por otra churri.

Resumiendo. No hice gran cosa, aparte de mirar y hablar. Pero entendí cosas que no habría entendido si no hubiera visitado los llamados ‘locales liberales’. Y es que ya lo decía Ortega y Gasset: sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender.

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