La fe de la Iglesia en el Dios que la sostiene, y sostendrá hasta el fin de los tiempos, es inmutable y este cura octogenario firmante ha vivido esa experiencia en cada uno de los papados que ha conocido, desde Pío XII hasta hoy mismo. La explicación es sencilla; dos motivos: uno "porque la providencia de Dios nunca se equivoca", como lo testifica una de las oraciones del misal romano. Otro, porque como lo expresa uno de los prefacios de alabanza, "dirige Dios sabiamente la nave de su Iglesia dándole en cada momento lo que más conviene". Y así aparece aquel 13 de marzo de 2013 el papa Francisco, aquel arzobispo de Buenos Aires al que apenas nadie conocía en este hemisferio norte.

¿Por qué lo eligió el Espíritu Santo de entre aquel cónclave de cardenales? ¿Qué es lo que más conviene a la Iglesia en este tiempo nuestro? Yo pienso que en la Iglesia y en el mundo es urgentísima una renovación existencial de ese núcleo fundamental de la sociedad: la familia. La familia tiene un origen divino y es anterior a cualquier modificación o estructuración con la que las leyes humanas pretendan conformarla, de manera que su origen intocable quede empequeñecido por decretos o legislaciones gubernamentales de toda índole en los diversos países, incluido el nuestro.

Admiro muchas cosas en el papa Francisco: su nuevo estilo en el ejercicio del papado; su cercanía y su dolor ante las tragedias que terribles guerras han ocasionado, sobre todo en el área mediterránea; su postura personal en el acercamiento a otras confesiones cristianas o religiones no cristianas. Y como foco esencial de su pontificado creo que habrá de quedar patente para siempre su magisterio sobre la realidad de la familia. La exhortación Amoris laetizia (La alegría del amor), que versa exhaustivamente sobre la realidad familiar, solo ese documento vale ya todo un pontificado. Llevo meses releyéndolo y siempre deja en el alma un rocío de sabiduría. Es el papa que vino del fin del mundo para ayudarnos a renovar la familia.

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