Estimado sr. Musk: Espero que al recibo de la presente se encuentre bien, celebrando quizá el soberbio golpe tecnológico y propagandístico del exitoso lanzamiento de su Falcon Heavy, el más potente cohete espacial hoy en servicio. Las imágenes de Starman contemplando la Tierra desde el Tesla Roadster rojo en órbita y el aterrizaje en paralelo de los dos lanzadores laterales pasarán sin duda a la historia de la astronáutica. También pueden considerarse como la campaña publicitaria más espectacular y eficaz: su anuncio permanecerá en órbita durante miles de años y será sin duda una de las atracciones en órbita baja de obligada visita para los futuros turistas espaciales. De modo que tiene muchas razones para celebrar. Y sin embargo algunos de nosotros aún recelamos de usted.

Recelamos, sí, y no porque sea usted poco nerd. Al fin y al cabo, su educación, sus aficiones y hasta su camino hacia el triunfo han sido quintaesencialmente geek: venta de videojuegos con 12 años, creación de empresas como PayPal, aficiones de sabor tecnófilo... incluso las preocupaciones de sus empresas y proyectos no pueden ser más cercanas a nuestro corazón. Coches eléctricos, viajes espaciales, conexión mente-ordenador, sistemas de transporte como de viejas ilustraciones de ciencia-ficción... Si hasta bautizó su empresa de coches eléctricos con esa leyenda del ingeniero que es Nikola Tesla y puso dinero de su bolsillo para hacerle un monumento a la altura de su genio. Pero ahí está quizá el problema: que sus triunfos no recuerdan tanto a Tesla como a su archinémesis Tomás Alva Edison, un reputado genio aunque no de la ingeniería, sino de la gestión empresarial. Edison no era tan creativo como Tesla, pero le superaba en mucho a la hora de comercializar y promocionar sus inventos.

Y esa es la clave de la desconfianza de muchos geeks ante quien deberíamos reconocer y venerar como a uno de los nuestros: su dominio del marketing es demasiado natural y poderoso, más próximo a un MBA o a un Richard Branson que a un Dyson. Esta facilidad a la hora de crear narrativas no encaja con el ethos del nerd. La facilidad con la que explica sus grandes proyectos como cuñas con las que mover la dirección que lleva el desarrollo de la humanidad suena poco tecnológica y mucho más cercana a la mercadotecnia que a los tecnosueños que compartimos. A veces parece usted demasiado bueno para ser real, y por eso desconfiamos. Lo que no significa que vayamos a dejar de admirar sus triunfos y de apoyar sus esfuerzos, si bien quizá con cierto desapego. Deseándole en cualquier caso éxitos sobresalientes, su rendido pero cauto admirador.