Antón Ego en su última epístola al término de la película Ratatouille dice: "La vida de un crítico es sencilla en muchos aspectos. Arriesgamos poco y tenemos poder sobre aquellos que ofrecen su trabajo y su servicio a nuestro juicio.

Prosperamos con las críticas negativas, divertidas de escribir y de leer". Ego tiene más razón que un santo citando a otro santo que le hubiera preguntado a Einstein.

En el sexo, antes de llegar a las parafilias o las patologías, hay quien disfruta del dolor moderado, de la confrontación suave, de la fantasía de la violencia. Vamos, de un cachete, que me pongo fino y no se me entiende. Algo así les pasa a los jurados televisivos que adoptan un rol serio. Pero serio ya llegando a tener un artefacto de madera alargado, destinado a facilitar el paso de la mopa, encajado en el lugar oscuro donde la espalda pierde su nombre. O sea, un palo… bueno, eso se entiende. Estimados jurados bordes, confesad: os pone que os den leches en las redes sociales. Os regocijáis con la metacrítica.

El último caso de uso de críticas de destrucción masiva ha sido el de Julia Gómez Cora y su comentario a Ana Guerra en Operación Triunfo: "Vocalmente estás muy lejos de los demás". Y no importa si es verdad o no, importa el modo en que lo dijo, con una frialdad que podría parar el calentamiento global, a bocajarro, cuando ya no importaba porque la muchacha no se iba a clasificar, cuando ya estaba hundida.

Antes que ella muchos fueron innecesariamente hirientes, como Risto Mejide en sus mejores (peores tiempos) o la propia Mónica Naranjo, que al parecer tiene los lacrimales más secos que un polvorón en el desierto (aunque ella bromea sobre sí misma y eso le reduce la pena por buen comportamiento).

Confesad: os pone que os den leches en las redes sociales

Solo hay dos formas de hacer una crítica que no incurra en el pateo indolente de la empatía: desde el humor o desde la cercanía. Porque puede haber quien se haya ganado a pulso un escarmiento, pero no es el caso de un grupo de jóvenes con más ilusiones que una mañana de Reyes y más educados que la reina de Inglaterra cenando con el papa.

Sé que detrás de algunos de vuestros comentarios hay una búsqueda de la atención. Un ansia por sobresalir, como si el anonimato y la indiferencia os ahogaran y Rose os empujara, ya subida en la tabla, hacia ese mar a oscuras. Pero herir es fácil y no acredita del que lo hace más que una probable incompetencia para la cura.  A eso os animo, jurados malhumorados: a usar el humor o la prudencia.

Sin crítica alguna se despide,

Isra Álvarez.