El empleo entre hombres y mujeres es desigual. A nadie se le escapa que existe una gran brecha salarial, que las mujeres cobramos de media casi 6.000 euros menos que los hombres al año. Esta cifra provoca tanto escándalo como repulsión. Sin embargo, el cuestionamiento de las rentas mínimas y subsidios tiene menos camino recorrido. Gran parte de ellos conciben a la mujer desde la dependencia económica. Me explico.

En primer lugar, las mujeres accedemos menos que los hombres a los subsidios porque tenemos empleos más precarios y peor pagados, y porque nos dedicamos más a los cuidados invisibles para la economía. En segundo lugar, este tipo de subsidios suelen tomar como referencia la unidad familiar, en la que históricamente los hombres han ocupado un papel principal como cabeza de familia del cual tenía que depender económicamente la mujer. El establishment siempre nos ha querido dependientes y precarias.

Necesitamos conseguir ya la libertad y la igualdad de la mujer en el trabajo, en el salario, en los cuidados, pero también en la ausencia de ingresos. Hay que individualizar las prestaciones para que ninguna mujer, especialmente las que se encuentran en situaciones más precarias, dependan económicamente de nadie. Que todas las mujeres podamos salir de relaciones tóxicas o en las que estamos siendo maltratadas. Que tengamos la posibilidad de independizarnos de un hermano, padre o cualquier otra persona porque tengamos la capacidad y la seguridad económica de poder hacerlo. Debemos conseguir la libertad de la mujer, y podemos conseguir abandonar el miedo ante el paro, para que todas podamos decidir por nosotras mismas nuestro propio futuro en cualquier situación. El 8-M volverá a mostrar el camino, es el momento de feminizar cada espacio de la vida.