Cambiar no resulta fácil para los conservadores. El reto que tienen ante sí los candidatos a presidir el Partido Popular es endiablado: cómo encarnar la renovación en un partido conservador. En estos años de vértigo fluido, los populares nos han contado que no necesitaban innovar, que estaban muy felices así porque sus militantes no querían participar, votar, ni moderneces parecidas.

Lo decían con esa voz cavernosa de padre que desprecia los huevos camperos, porque toda la vida las gallinas se han criado en granjas. Sin embargo, ha sido fijar fecha para el congreso y una alegre multitud de candidatos ha corrido a alistarse en la carrera, como cuando nos dejaban dormir en casa de una amiga y nos íbamos de fiesta.

Lo pasábamos bomba, porque era la juerga de convertirnos en adultas y divertirnos como las demás, que hacían primarias todos los sábados cambiando sólo de candidatos. A lo largo de la historia, los conservadores no han parado de evolucionar. Si no lo hubieran hecho, todos serían uno de esos amish cuyo odio a la radio viaja en coche de caballos.

En realidad, un conservador es un progresista con 30 años de retraso y a las pruebas de la Constitución Española me remito. Cuando se aprobó, a los populares de AP les pareció avanzar demasiado y se abstuvieron. Con el tiempo, llegaron a venerarla, pero sólo cuando estuvieron seguros de que empezaba a necesitar reformas.

Un conservador únicamente defiende la revolución si significa una verdadera vuelta al pasado, y no veo a ningún candidato tan reaccionario. La duda es hasta dónde llegan sus ganas de juerga, o sea, si celebran la i+D o la mamandurria; si la startup o la virgen del Rocío. No como fe -que cada uno es libre-, sino como política.

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