No descubro nada si escribo que yo soy uno de esos detractores de Karim Benzema. Temporada tras temporada durante sus diez años en el Real Madrid le he criticado por su aparente apatía y su poca estrella, sin negar su evidente calidad. Siempre me opuse a los dictados de que era el '9' perfecto para jugar con Cristiano Ronaldo porque abría el campo y daba al portugués los espacios precisos para marcar goles.

Tampoco he sido creyente de la religión galesa de Gareth Bale, porque servidor ha visto a tantos y tan buenos jugadores en el Santiago Bernabéu que lo suyo se me ha quedado siempre corto para un jugador que, según los dictados del gobernador, llegó para ganar el Balón de Oro y ser el rey una vez que Cristiano Ronaldo se marchase del club.

Con LaLiga tocando a su fin, sin Cristiano Ronaldo, me mantengo en lo de Bale y recojo algunas velas con el goleado Benzema, que además contra el Athletic me dejó aún peor e hizo los tres goles del triunfo blanco (3-0). Por eso la afición, en estos malos tiempos, le aplaude y le quiere. A Bale en cambio le silban. Se merecen lo que se están ganando minuto a minuto.

Cuando se confirmó la salida de Cristiano Ronaldo, desde el club, desde la grada y desde la prensa pedíamos a las dos estrellas que dieran un paso al frente y que marcaran los goles perdidos con la marcha del portugués, pero sólo Benzema lo hizo. Mientras el galés se acomodaba el moño más que amarrarse las botas, tardaba más de la cuenta en recuperarse tras una nueva lesión y dejaba muchas dudas de sus ganas por seguir y ser el relevo de Cristiano, Benzema se rompía la mano, no se operaba porque le necesitaba el equipo y ha sido el mejor jugador del peor Real Madrid de la década; ha marcado los últimos 8 goles del equipo y suma 29 en la temporada. Por eso la grada le demuestra su amor en forma de ovación y a Bale le indica con silbidos la puerta de salida.