El otro día acompañé a Xuan Lan en la presentación de su nuevo libro sobre yoga. Un libro que ella misma define como el libro del bienestar más que de yoga, de cómo encontrar esa paz interior concentrándose en el estar presente, en el aquí y el ahora.

Habló sobre muchas cosas, sobre la práctica de yoga, sobre meditación, sobre alimentación, y de trucos para evitar que nuestro martilleo mental nos machaque la cabeza (especialmente en las noches de insomnio que algunas padecemos). Entre otras cosas proponía aprender a dejar el móvil lejos, sobre todo cuando nos vamos a dormir. Aprender a levantarnos controlando el deseo de lanzarnos sobre el teléfono para ver el último email o whatsapp (o wasap, como dice ahora la RAE que hay que escribirlo). Aprender a desconectar.

En un restaurante de París han decidido que nos estamos perdiendo demasiadas cosas por culpa del móvil, entre ellas, algo sagrado para ellos: disfrutar de la comida. Así que han decidido que sus clientes no pueden utilizar sus teléfonos en su local. Hasta aquí algo más o menos normal: en muchos sitios empiezan a prohibir el uso de los móviles.

Pero en este restaurante han decidido ir más allá y han querido que sus clientes se concentren en los sabores y en los olores. Así que han dispuesto las mesas como una especie de cabinas, en las que el comensal se aísla del resto de clientes. Está solo, mirando hacia una pared en la que hay algún cuadro, dibujo, pero nada más. Cuatro paredes en las que no ve a nadie y tampoco puede hablar con nadie.

Los platos se sirven a través de una ventana que sube y baja conforme llegan. Los camareros no pueden dirigirse a los clientes, no pueden interactuar con ellos ni, por supuesto, hablarles. Buscan su absoluta concentración y aislamiento durante los 60/70 minutos que dura el servicio. Que el comensal solo piense en lo que está haciendo, comer, y que lo disfrute de la forma más consciente posible. Concentrarse en los sabores, en las texturas, en los olores. Volver a la esencia de lo que suponía ir a un restaurante: ir a disfrutar de una comida sorprendente.

Como opción es arriesgada, completamente diferente, desde luego. Te proponen aislarte y aprender a comer solo. Pero las comidas fuera de casa (las que no son de puro trámite entre una tarea y otra, entre una pausa en el trabajo y otra) son sobre todo para compartir un rato con tus amigos, con tu familia. Reírte frente a un buen plato y una copa de vino. Alargar la sobremesa con el postre y el café contándote anécdotas, charlando. Así que la propuesta de este restaurante francés me parece original, pero además de alimentar el cuerpo, es bueno alimentar el alma con una buena conversación. Digo yo.