• Jenny Moix es profesora de psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona y autora del libro 'Mi mente sin mí' (Aguilar).

Algunas películas empiezan con una visión panorámica desde el cielo. Como espectadores, tenemos la sensación de que vamos sobrevolando un campo, las calles de una ciudad, un parque… y, poco a poco, nuestra mirada se va acercando a un grupo de gente. Es como si estuviéramos aterrizando en la realidad, lentamente la cámara se aproxima a una persona y ya intuimos que va a ser la protagonista de la historia. Toda esa vista desde el cielo, esa libertad, ese campo lleno de posibilidades, se ha cerrado dentro de una única historia, la del protagonista, dentro de su cuerpo, de sus pensamientos. Vamos a vivir la aventura desde sus obsesiones, inseguridades, fantasías, ilusiones…

Estábamos flotando y hemos acabado encerrados dentro de una mente. Cuando se acaba, salimos del confinamiento dentro de la cabeza del actor y pasamos a vestirnos con nuestras pequeñas o grandes obsesiones, dudas y miedos. Unas auténticas camisas de fuerza de las que nos resulta difícil escapar.

Podemos intentar no quedar tan atrapados dentro de nuestras cabezas, tan maniatados con nuestros propios pensamientos. Si analizamos el sufrimiento del vecino, amigo, compañero… en muchos casos nos resultará fácil comprobar que es fruto de una especie de bola mental que él o ella ha ido tejiendo. Su preocupación se encuentra ligada a un complejo absurdo, a un objetivo inalcanzable, a una suposición ilógica… Si esa bola mental fuera un globo de plástico, lo único que haría falta sería pincharlo y ¡ya está! Problema solucionado.

En nuestro caso, siempre pensamos que es diferente, lo nuestro no es lo mismo, no se puede comparar, lo nuestro es real. La verdad es que, aunque no lo reconozcamos, somos igual que el vecino. La tranquilidad que andamos buscando no se encuentra detrás de la solución real de ese problema, sino que la paz está escondida detrás de esa compleja e invisible (para nosotros) bola mental. Esa paz está aquí y ahora, a nuestro alcance.

Andamos tan ocupados forcejeando con el cerrojo de nuestro particular callejón sin salida, que no tenemos tiempo para pararnos a contemplarlo con profundidad y darnos cuenta de que ese cerrojo es solo un producto de nuestra mente. José Narosky lo describe con un sabio aforismo: «Me cierran con mil candados pero se olvidan de que soy la llave».

Con el ajetreo que nos caracteriza, quedarnos suficientemente quietos como para comprobar que nuestro agobio es solo el resultado de una construcción mental se convierte en una ardua tarea. Por eso la ansiedad y la depresión encuentran un terreno abonado en nosotros.

Si no podemos calmar la mente y observar los pensamientos con distancia, otra opción es seguir pensando, pero de forma distinta. Podemos romper la cáscara de nuestro ángulo de visión siguiendo el consejo del físico Albert Einstein. Él afirmaba que un buen científico debería pensar durante una hora al día lo contrario de lo que uno cree. Un consejo para el ámbito científico que deberíamos importar a la vida cotidiana.

Se trata de ir cambiando de posición para ir ampliando nuestro punto de vista. Para que se nos vaya abriendo el abanico de las diferentes soluciones. Einstein tenía una mente prodigiosa porque era capaz de salirse del camino de la lógica, se atrevía a mirar desde perspectivas que bombardeaban las ideas del momento.

Para poder soltar la mano de mamá y papá –esto es, de las ideas que nos han acompañado toda la vida– nos hace falta confianza, agarrar la certeza de que el mundo nos ofrece muchas más posibilidades de las que vemos.

Vivimos dentro de una ilusión óptica, viendo nuestra existencia de una forma estrecha. Pero, en realidad, el mundo es muy ancho y se encuentra repleto de oportunidades. Volvamos al principio de la película y observemos la vida desde la amplia y maravillosa perspectiva del cielo.