La Academia sueca, esa institución tan aseadita y tan formal fundada en el siglo XVIII que concede los Premios Nobel, tan apegada a costumbres ancestrales, está viviendo una marejada a la que no está acostumbrada. En una inesperada decisión, ha decidido no otorgar el Nobel de Literatura en 2018 a causa del escándalo provocado por la miembro del jurado Katarina Frostenson y su marido, Jean-Claude Arnault. A ella se la acusa de filtrar información. A él, de revelar los premiados a las casas de apuestas antes de ser públicos y de influir en la decisión. Además está acusado de acoso sexual por dieciocho mujeres y ha sido condenado por violación.

Lo sorprendente es que, lejos de expulsar unánimemente a Frostenson, algunos académicos criticaron a Sara Danius, secretaria permanente de la institución, por ordenar la investigación: cuestionada por ser mujer desde que ocupó el puesto, fue tan atacada que finalmente dimitió antes que la jurado corrupta.

El gesto no es sino el reflejo del comportamiento de la Academia hacia las mujeres en su historia. En literatura, en sus 114 ediciones solo ha premiado a seis escritoras. Ya sé que hace años no era tan frecuente que las mujeres escribieran, pero es difícil creer que entre 1967 y 1991, por ejemplo, no hubiera una sola mujer tan valiosa como los premiados.

Si Alfred Nobel levantara la cabeza, quizás tuviera la tentación de usar su invento para dinamitar una estructura que se ha quedado tan anquilosada como las viejas armas en las que se usaba.