Esta vez no hacía falta un experto en comunicación no verbal para apreciar que el aspirante a presidir el Gobierno, Pedro Sánchez, ha llegado al Congreso para pedir la confianza de la Cámara con el pie cambiado. El hemiciclo, que en la sesión de investidura de 2015 era un hervidero, con diputados en bicicleta y el bebé de Bescansa, presentaba un extraño aire mortecino, más parecido al de un funeral que al de una fiesta. Paradójicamente, el líder socialista está más cerca que nunca de conseguir los apoyos necesarios para ser presidente. Pero a un precio que no quería pagar: el de un gobierno de coalición con Unidas Podemos. Por eso, el discurso, que iba a ser de no investidura, ha dado la impresión de haber sido adaptado en el último momento a una propuesta de investidura real...

Eso puede explicar que Sánchez haya tirado por elevación hacia los grandes conceptos, las llamadas al liderazgo, los pactos de Estado y una exhaustiva batería de proyectos y reformas. Pero que haya eludido los temas candentes y conflictivos (hasta que lleguen las réplicas), que le separan con sus posibles aliados parlamentarios de Unidas Podemos y los partidos independentistas: la reforma laboral o el modelo territorial.

No se sabe si será una victoria pírrica, pero Pablo Iglesias ha torcido la estrategia de Pedro Sánchez, que aseguró, primero, que quería un gobierno monocolor; después intentó la exótica fórmula de un gobierno de cooperación y ha acabado negociando, finalmente, un gobierno de coalición en toda regla. Por eso, el presidente en funciones mostraba el entusiasmo justo cuando desgranaba las propuestas para la 'gran transformación' que anunció para España, y que incluye pensiones, economía, emergencia climática, feminismo, europeísmo, revolución digital...

Tampoco sonreían los diputados socialistas, aunque aplaudieron cerradamente cuando el candidato enfatizaba su apoyo a los 'riders', los autónomos, los pensionistas, los becarios, los jóvenes, las mujeres discriminadas, los niños víctimas de pobreza infantil y de maltrato, las familias, en plural... Los anuncios incluyen cambios en la legislación por violencia sexual y por delitos de odio, modificaciones para eliminar cualquier atisbo de discriminación a las personas con discapacidad y un nuevo Estatuto de los Trabajadores. Un programa, dijo Sánchez, de justicia y cohesión social. Lleno de guiños a Podemos, pero deliberadamente ambiguo en su concreción.

Las negociaciones con la gente de Iglesias, muy serio en su escaño, están en pleno proceso, y seguramente eso explica el aire de preocupación de los integrantes de la bancada azul. Si hay gobierno de coalición, habrá que ampliar todavía más el Consejo de Ministros o no quedará más remedio que dejar el puesto para hacer sitio a los socios, que serán de la primera fila de UP. De ellos, de esos coligados no nombrados, pero tan presentes como el elefante en la habitación al que se pretende no ver, dependerá que Sánchez pueda materializar las decenas de proyectos de ley y de pactos de Estado -educación, infraestructura, infancia, financiación autonómica, reto demográfico- a los que aludió durante su extensa intervención. Y de ellos, que le exigen un giro claro a la izquierda, dependerán el futuro y la evolución del viaje al centro que ha buscado escenificar el PSOE en los últimos meses. Y sobre todo la apuesta por un modelo que responda a la pluralidad que reflejaron las urnas y que es la garantía de progreso y de convivencia, pero también de respeto al modelo de éxito -por supuesto, mejorable- que aplica España desde la Transición.