Es verdad que aún no ha comenzado oficialmente la campaña electoral –empieza este viernes– aunque parece que llevemos inmersos en ella ni recuerdo el tiempo, así que poco o nada se ha escuchado todavía referido a la política europea ni sobre lo que queremos que sean sus instituciones.

Del apego o desapego español hacia la Unión se habla. Es un clásico que sale cada cierto tiempo en forma de estudio demoscópico como si quisieran convencernos de que sí, que todo lo relacionado con la Unión Europa y su Parlamento nos importa un pito. Por ejemplo, una encuesta realizada hace un año por el Pew Research Center decía que España lideraba entonces la lista de países europeos en los que sus ciudadanos expresan menos confianza respecto a su Parlamento.

Sin embargo, según el último sondeo del Eurobarómetro, realizado este año, España es uno de los países más europeístas y sus ciudadanos confían más en instituciones supranacionales como la Unión Europea o Naciones Unidas que en las nacionales. El 83% de los españoles se sienten ciudadanos europeos y superan así al 71% de los ciudadanos del resto de la Unión.

Mientras unos y otros se ponen de acuerdo en lo que pretenden que seamos y nos sintamos, queremos escuchar propuestas sobre qué Europa queremos, si la de los cuestionados Tratados de Comercio e Inversión, por ejemplo, que han puesto en pie a organizaciones sociales de todo el continente, o una Europa que vele por el futuro de sus jóvenes que están pidiendo un cambio radical en las políticas para frenar el cambio climático y que fomente una economía sostenible.

En esta línea, la Red Europea de las Finanzas Sostenibles ha elaborado propuestas entre las que pide a los candidatos al Parlamento Europeo que se pronuncien antes de que votemos el 26 de mayo sobre las reformas que necesita el sistema financiero y sobre la promoción de unas finanzas éticas.

Entre esas reformas necesarias, contemplan la justicia fiscal y la lucha contra los paraísos fiscales que tienen consecuencias devastadoras contra la igualdad, la competencia y la propia credibilidad de las instituciones. También, una regulación urgente para contrarrestar la evasión fiscal, el lavado de dinero, para la armonización fiscal y la tributación justa de las empresas, comenzando con los gigantes tecnológicos. Y normas para luchar contra la especulación y otros comportamientos dañinos y para promover un sistema bancario que incluya modelos distintos, una especie de «biodiversidad bancaria», dicen, diametralmente opuesta a la norma de la talla única.

Las finanzas éticas han demostrado en estos años mejores resultados, no solo en términos ambientales y sociales sino también económicos. Así que, señores candidatos, ¿recogen el guante?