Venezuela de pronto ha desaparecido de las primeras páginas de los periódicos. Las noticias que hace poco informaban de miseria y violencia llevan dos semanas sin abrir los informativos de las televisiones. ¿Qué pasa –imagino que se preguntarán algunos–, que todo el lío generado en torno a la dictadura camuflada de Nicolás Maduro y la indignación colectiva de muchos ciudadanos se ha resuelto? Sería estupendo, por supuesto, que las dos partes hubieran encontrado una salida a la crisis. Pero ni los venezolanos ni la estabilidad internacional tienen todavía esa suerte.

Lo que ocurre es que el conflicto se ha larvado y no debería ser una sorpresa. La cuestión es hasta cuándo. La iniciativa liderada por una oposición desunida y anárquica de nombrar un presidente constitucional sin poderes fácticos se ha convertido en una quimera, en un gesto desesperado por salir de la situación como por arte de magia. Maduro no ha demostrado ni inteligencia ni tacto ante el conflicto, pero frente a las razones políticas y diplomáticas que esgrimen sus adversarios él sigue detentando el poder y todos sus resortes.

Cuenta con el respaldo de las Fuerzas Armadas, de los matones del sistema, del aparato del Estado y del dinero que genera el petróleo. Incluso, frente a las amenazas incoherentes y bravuconas de Trump, sigue internacionalmente respaldado por China y Rusia y en el continente por Mexico, la principal potencia de la zona, y por Cuba, que la insufla demagogia populista. A Maduro no le falta de nada para seguir teniendo el control real. A su enemigo, Guaidó, apenas le sobra ánimo para esperar.