La columna de hoy va a tratar sobre una expresión de nuestro idioma por la que, curiosamente, parecen tener predilección en el PP (puede que me equivoque, pero solo he encontrado ejemplos de uso entre sus dirigentes). Me refiero a "vestirse por los pies".

«Vestirse por los pies» pondera la hombría, entendida en sus valores más retrógados

Quizá sea Mariano Rajoy quien la haya popularizado en la calle Génova y alrededores, pues la usa cuando quiere subrayar su pundonor: "Yo me visto por los pies y aquí no habrá cambio en la dirección del grupo", afirmó en 2008, cuando se rompió la coalición entre el PP y UPN y este partido exigía cambios en el Congreso que Rajoy consideraba inaceptables. En fechas muy recientes, el portavoz Rafael Hernando ha dicho: "Yo soy una persona de palabra que me visto por los pies. Puede que haya otros que no". Con esto último, se refería a los parlamentarios de otros partidos que se negaban, en contra de lo acordado, a que Jorge Fernández Díaz encabezara la comisión de Exteriores en el Congreso. ¿Y qué les estaba llamando Hernando? Pues nada bonito, como veremos.

El uso literario de la expresión "vestirse por los pies", que yo sepa, no es muy abundante, pero cuenta con ejemplos ilustres. Miguel Delibes la emplea varias veces en su novela Diario de un emigrante (1958), siempre en boca del protagonista, Lorenzo, quien dice: "Ella porfió y acabé diciéndola que yo me visto por los pies y que acá y allá, en mi casa mando yo". En una novela más reciente, En la orilla (2013), Rafael Chirbes escribe:  "Yo soy un hombre y me visto por los pies, repetían en cuanto tenían ocasión, pero saludaban temerosos al monigote de Falange".

"Vestirse por los pies", como a nadie se le escapa si lo piensa un poco, pondera la hombría, entendida esta en sus valores más retrógrados. El primer diccionario donde he encontrado recogida la expresión es el etimológico de Roque Barcia, quien en 1883 la definía así: "vestirse por los pies: frase familiar con la cual se nota la circunstancia del modo de ponerse los pantalones el hombre, en oposición a las mujeres, de las cuales se dice que se visten por la cabeza".

En esta frase, al machismo, se une también la homofobia

No sugiere Barcia que aquella forma de vestirse implique orgullo de ningún tipo, pero queda sobreentendido, y los ejemplos literarios posteriores son elocuentes: quien lo dice, presume de que son sus pantalones (y no su capacidad de razonar y convencer) la fuente de su autoridad, y que esta se impone, en primer término, sobre las mujeres ("en mi casa mando yo", dice el personaje de Delibes). O sea: ¡aquí se hace lo que yo digo porque soy quien lleva los pantalones, y punto!

Además, cuando se deja caer la sospecha de que otro hombre no se viste como es debido, se está recurriendo a la descalificación más infamante con la que, para una mentalidad retrógrada, se puede denigrar a un varón: la de ser poco viril o tener gustos sexuales invertidos. Así que, en esta frase, al machismo, se une también la homofobia.

Y no solo eso, porque la expresión tiene un trasfondo anticlerical. En la edición argentina del Diccionario de modismos de Ramón Caballero (1942), se afirma que "vestirse por los pies" alude a "los varones que no pertenecen a la vida eclesiástica u otras de las que gastan hábitos". En los panfletos anticlericales del XIX o de principios del XX es frecuente que se acuse a los eclesiásticos de no ser verdaderos hombres, justamente por vestir traje talar. En la novela Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa, el capellán del destacamento amazónico defiende su masculinidad: "Llevar sotana no es llevar faldas, capitán Rojas, y en el Ejército no toleramos a los capellanes con propensión mujeril".

No creo que Rajoy ni Hernando sean conscientes de las implicaciones de sus palabras: seguramente todos empleamos frases hechas que repetimos por pura costumbre. Tampoco defiendo un lenguaje remilgado, pero creo que es importante meditar qué decimos y qué queremos decir, no sea que nos llevemos sorpresas desagradables.