La de payaso es una profesión tan digna como cualquier otra, creo incluso que más digna que la media de los oficios, ya que tiene por objeto hacer reír a la gente y la risa contribuye a la felicidad. Es verdad que alguno de esos profesionales del humor se enmascaraba físicamente de tal guisa que a muchos críos su actuación  les provocaba miedo, lo que retraía la afición al circo. Tanto fue así que la figura del payaso y su maquillaje ha sido revisada en los nuevos modelos de espectáculos circenses para que entre público menudo no brote una sola lágrima.

La última y estúpida moda  consiste en disfrazarse de payaso terrorífico

Miren por dónde aquel miedo infantil que suscitaban esas caras pintadas inspiraron a los novelistas del género del terror para introducir en sus historias a personajes disfrazados de payasos e infundir la tensión y el miedo. Fueron todo un éxito editorial  y su traslación a los guiones cinematográficos lo multiplicó de forma exponencial. De esta guisa el malvado caracterizado de payaso le terminó robando el protagonismo a ese otro payaso bondadoso y pretendidamente ingenuo de antaño que pretendía encender la carcajada de un niño. Y ello ha  ocurrido a tal punto que la última y más estúpida moda  consiste en disfrazarse de payaso terrorífico y provocar el pánico de cualquier transeúnte hasta ponerle al borde de la histeria o el infarto.

Lo llaman el ‘payaso diabólico’ y los primeros episodios surgieron en los Estados Unidos aunque ya se ha extendido por varios países de Occidente provocando numerosas denuncias en comisaría   y la consiguiente alarma pública. Aquí en España no podían faltar los imbéciles que imitaran el fenómeno y ya se han registrado unos cuantos casos que hacen prever su propagación. Un revelador síntoma  de ello es el espectacular incremento registrado en las ventas de disfraces y  caretas de payasos  malvados para las fiestas de Halloween, esa celebración también importada de los anglosajones a la que nunca le encontré  la menor gracia y que siempre me pareció hortera a rabiar.

Nunca tratan de asustar a un armario de dos metros que pueda arrancarle la careta

Mucho me temo que este festival del terror que se ha impuesto en la sociedad española sea el  definitivo estímulo que sobreexcite a los potenciales payasos diabólicos hasta convertir lo de acojonar a la gente en cualquier callejón oscuro en la moda rutilante que tanto furor causa  entre los descerebrados de otras latitudes. Es verdad que sus protagonistas tienen buen cuidado de escoger a sus víctimas entre los más vulnerables. Nunca tratan de asustar a un armario de dos metros que pueda arrancarle la careta de un tortazo. No es lo deseable, pero todo se andará, y un día el payaso diabólico de turno errará en su objetivo, le borrarán la mueca desencajada y se les quitarán a sus imitadores las ganas de hacer el idiota de por vida. Y si no al tiempo.